Los enamorados se sonríen, acarician, buscan el contacto piel con piel, se tienden los brazos y abrazan con profundas miradas a los ojos. Pero antes de llegar a este punto hemos absorbido afectos (tanto positivos como negativos) procedentes del ambiente que vivimos en nuestra infancia. La conducta de nuestros padres influirá en nuestra posibilidad de enamorarnos de unas personas y no de otras.

Nuestras primeras inmersiones en el difícil mundo del amor nos llevan a esa turbia adolescencia donde vamos buscando la aprobación y afecto de personas no familiares y desconocidas. Viviremos bajo la ilusión del amor pero al amparo del refugio de actitudes similares a las de nuestra familia, eso sí, aunque las neguemos (sean o no verdad). El enganche viene dado por circunstancias como un rasgo caracterial que domine la forma en que nos tratan (p. e.: buscar siempre personas desinhibidas), lograr la seguridad y el amor que no nos dieron o incluso todo lo contrario en forma de un conflicto personal que nos genera disputas con nuestra eventual pareja.

No sé si sería interesante poder controlar los sentimientos (me reservo mi opinión y justificaciones), pero en su dinámica hay factores inconscientes inmanejables, inexplicables e incluso, en ocasiones, inabordables por su desmesura. Tal y como se ha señalado, el imago parental condiciona la elección de pareja en muchas ocasiones. Buscamos cualidades de mamá o de papá, ideales que nos transmitieron  y a esto se le añaden situaciones vividas en el entorno familiar que programaron nuestras emociones y la posibilidad de elegir pareja (p. e.: que una madre haya renunciado a su carrera profesional por la familia y esto predisponga a renunciar a los deseos de satisfacer a la pareja; ver continuas peleas en el hogar familiar y estar predispuesto a la pelea con tu pareja como medio de conseguir las cosas; saber que hubo una infidelidad entre tus padres e interiorizar que hay que perdonar y aguantar todo en pareja sin hablar de ello; o que uno de los progenitores siempre mintiese cuando quería conseguir algo generaría que interioricemos la mentira como forma de lograr los deseos…). Puede ocurrir que nuestro emparejamiento tenga que ver con hacer daño a otra persona por la falta de amor que hemos vivido, algo que nos lleva a la frustración, rabia y odio proyectada hacia la relación de pareja. Esta insatisfacción amorosa de la infancia puede conllevar, por otro lado, necesidad intensa de atención por parte de la pareja, algo que puede añadirse a lo anteriormente comentado. En otras ocasiones, un niño que no ha recibido afecto suficiente puede verse impelido a ser voraz en sus relaciones de pareja en el sentido de agobiar a ésta por la abrumadora demanda de afecto. Así se cerrará el círculo de refuerzo de las mismas sensaciones que había en la infancia respecto a los padres (p. e.: como no me sentí querido cuando veo que alguien muestra afecto hacia mí me convierto en absorbente y si me rechazan por ello valido el que nadie me quiere lo suficiente). También podemos reaccionar contra el exceso de protección parental en forma de buscar todo lo contrario a lo que representan (p. e.: padre aficionado al Madrid y conservador vs. hijo aficionado al Barcelona y con ideas anarquistas).

Todo lo previo puede estar condicionado por el llamado flechazo y/o amor a primera vista. En este caso se busca un afecto por parte de alguien que comparta rasgos fundamentales de nuestras figuras parentales que se ajustan a nuestro patrón ideal. Bien es cierto que el atractivo físico suele preceder (no siempre) al psíquico tanto en el amor mediante flechazo como sin que lo haya. En este último caso, los lazos de amistad y comprensión mutua que van surgiendo con el tiempo propiciarán el nacimiento de una relación. En el flechazo cabe enfatizar en que no es lo mismo que alguien nos guste a que se quiera. La idealización puede llevarnos a un sinfín de expectativas frustradas si la otra parte no siente lo mismo.

En fin, que no sé si se ha entendido algo pero, en todo caso, tengo claro que hay mucha falacia en torno al amor. Ni los polos opuestos se atraen (mal vamos si no hay elementos en común), ni el amor es ciego (no puede ni debe hacerse la vista gorda a todos los problemas que puedan surgir),  ni una fuente solucionadora de problemas (no ha de servir para tapar problemas), ni algo consistente en dar sin recibir o esperar (es un intercambio recíproco de mucho más que afectos). Por cierto, hay que decir lo siento (ante los errores)  y nunca sobran las palabras (afectuosas). Total, que al final la receta del amor consiste en características como buen humor, atracción, humildad, confianza, amor por uno mismo, comunicación, atracción, pasión, lealtad, comprensión y respeto.