Bienvenidos/as a la era de la mediocridad.

Hablemos de liderazgo. Sí, un concepto lleno de matices y que algunos/as aplican a un libre albedrío, cuanto menos, cuestionable; tal vez al amparo de autócratas que instrumentalizan sus alrededores.

Introducción

Dícese de aquella persona que ostenta autoridad, que no autoritarismo, de cara a la dirección u orientación de un grupo. Esta sería la definición oficial de un líder. A los líderes se les llama cabecillas, adalides o dirigentes, según el ámbito social en cuestión y, para más inri, existe otra gran variedad de terminología asociada, como la de emires, gurúes y, que se lo digan a España, también se utiliza el sustantivo de caudillos.

Todo esto supone no asociar necesariamente el liderazgo a algo positivo sino, para que engañarse, simplemente a un rol que desempeñan determinadas personalidades que, por el mismo, pueden o no orientar, tirando de extremos, hacia la filantropía o, por desgracia, virando hacia una deriva escenificada en la más huraña y hosca misantropía. Por cierto, también se les denomina primates y aquí que cada uno/a elija lo superlativo y/o peyorativo atribuible al cuadrúmano.

Líderes universales: pasado y presente

Analizando los diferentes ámbitos de la vida, empiezan los problemas, dado que no hay un acuerdo unánime. Dejándose llevar por una perspectiva holística, podrían plantearse el ámbito afectivo, económico, profesional, espiritual, intelectual o físico y, que nadie se soliviante, verbigracia, por qué no pensar en:

  • Corín Tellado
  • Jeff Bezos
  • Elon Musk,
  • Mahatma Gandhi
  •  Marie Curie
  • Simone Biles.

No olvidar que en esta muestra de personalidades de cierto liderazgo podría haber aspirantes a caudillos (que se lo digan al pajarito twitteriano Larry) hasta personalidades filántropas (quizá Gandhi sería un icono) pasando por toda la escala de grises que pueden representar otros líderes no necesariamente plasmados en estos paupérrimos ejemplos respecto a la multitud de líderes/lideresas que existen en diferentes ámbitos.

En el presente

Tirando del oxímoron que supone hablar de la pasada actualidad (quien sabe si futura), pensar en Vladímir Putin y Volodímir Zelenski, implica plantear dos líderes aparentemente antagónicos; representando:

  • El primero el paradigma del Síndrome de Hubris (un lacerante narcisismo que superpone su pensamiento al del resto de la humanidad no afín o no persuadida, medios de comunicación mediante, o aplicador de la coerción para su ideario de grandeza)
  • El segundo al humorista, servidor del pueblo, reconvertido en un improvisado representante ucraniano de la ibérica resistencia numantina.

Vaya por delante la influencia mediática del lugar de residencia de quien suscribe a la hora de interpretar unos u otros personajes, pero, sin ambages, como en todo, algo habrá de verdad en lo que estimula la memoria ecoica e icónica de cada uno/a de nosotros/as.

En la política

Añadir que, enroscarse en la política y, si cabe, la patria, puede llevar a hablar de Sánchez, Feijóo, Abascal, Iglesias, Díaz, Montero… en la actualidad e, históricamente, González, Aznar, Zapatero, Suarez, Calvo Sotelo o Rajoy (el orden de los factores no altera el producto); sin que fuera un problema analizar el liderazgo de estos/as personalidades, pero sí siendo óbice la idoneidad de centrar este texto en una retórica actualizada y aplicable a la época presente.

Qué pasa con ellos

Desde esta óptica y aplicando la premisa consistente en pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor (este sesgo suele estar presente tras peinar canas), pensar que la actualidad, no solo política, está dominada por la mediocridad y parece un mantra difícil de obviar. Sin que sirva de precedente y, más allá de los orgullos de cada uno/a, cómo pensar en los tiempos que corren que aquellas personas auto o hetero nombradas líderes son acreedoras de tal estatus (ni tan siquiera rol).

Quizá alguno de los pecados capitales mediatice este análisis, pero a quien no le invade la sensación de estar rodeado de medianías lacerantes y, más aún si cabe, cuando ponemos cara a los liderazgos que nos rodean y/o aspiramos a ejercer o creemos practicamos.

Pero, por qué tenemos la percepción subjetiva de la existencia de tanta mediocridad en el ejercicio del liderazgo. Puede que las propias carencias o virtudes de cada uno/a motiven una visión excesivamente crítica de los otros viendo mediocridad donde quizá no exista. Y es que el liderazgo mediocre implica generar toxicidad. Ejemplificando con el ámbito empresarial, tener líderes de este tipo supone mantener los costes.

Estas personas impiden el crecimiento de otros

Seguro que reconocéis a aquellos que saben de todo –todólogos– y se meten en cualquier conversación. Excesivamente sumisos o aduladores (pelotas) ante quienes consideran, o les dicen, que son figuras de autoridad. No esperes que hablen de algo positivo y, si lo hacen, será con segundas intenciones o en un lenguaje difícilmente comprensible.

Por supuesto, como perciban en ti mayores capacidades date por ignorado/a, ya que la envidia les corroe y en su mente te situarán como una némesis. Pobre de quienes les cuestionen, ya que ejercerán sus artimañas con todas sus fuerzas para intentar mostrar su poder e infundir temor.

En el fondo, lo que subyace a estas personas es un miedo irrefrenable, la desconfianza absoluta en los demás y en ellos mismos, así como la necesidad neurótica de combatir su complejo de inferioridad mostrando superioridad. La realidad de estas personas es la de una notable carencia de inteligencia emocional y social o, en otras palabras, gobernar como ineptócratas.

Los tipos

Frente a este liderazgo, hay multitud de clasificaciones y otras tantas denominaciones. Los hay legítimos, tradicionales e incluso carnales o ajustados a la legalidad, por costumbres o por la capacidad para enfervorizar a las masas.

Atendiendo a otros criterios estarían los formales e informales, es decir, preestablecidos por una organización o sistema frente a los emergentes. Autócratas, liberales, proactivos, audaces o emprendedores; democráticos, paternalistas, liberales (laissez faire), emocionales u onomatopéyicos… hay tantos.

Quizá merecen una explicación los últimos, cuyos sonidos son capaces de arrastrar a la masa hacia objetivos deseados (pensad en el ¡Au au au! del espartano Leónidas). También cabe hablar de los laissez faire, cuya pasividad y dejar hacer alivian de presión a grupos, que eso sí, habrían de estar muy cohesionados y maduros.

Pero, no hay que confundirse, quizá una tendencia inherente al ser humano es dejarse llevar por la mediocridad y solo cuando se toca fondo, emergen liderazgos que, como diría Martin Luther King, no buscan, sino que moldean consensos.

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