No tengo tiempo (y otras mentiras modernas)
No tengo tiempo

“No tengo tiempo“. Probablemente sea la frase más repetida del siglo XXI. La pronunciamos mientras respondemos un WhatsApp, revisamos el correo electrónico, vemos un vídeo “de apenas un minuto” que acaba enlazando con otros veinte y prometemos que mañana, ahora sí, organizaremos mejor nuestra agenda.

Pero ¿y si el problema no fuera el tiempo? ¿Y si la psicología tuviera bastante que decir sobre esa sensación permanente de vivir corriendo?

Introducción

Existe una pregunta que me gusta hacer de vez en cuando a pacientes, alumnos o compañeros de trabajo: “¿Cómo estás?”. La respuesta, curiosamente, cada vez se parece más a un parte meteorológico. “Liadísimo”, “no paro”, “voy de cabeza”, “no me da la vida”, etc. Es raro encontrar a alguien que responda simplemente “bien”. Da la impresión de que reconocer que uno tiene una tarde tranquila se ha convertido casi en una confesión de pereza.

Lo curioso es que nunca antes habíamos contado con tantas herramientas destinadas, precisamente, a ahorrar tiempo. Tenemos lavavajillas, robots aspiradores, compra online, comida a domicilio, aplicaciones que organizan la agenda, inteligencia artificial capaz de resumir documentos en segundos y teléfonos móviles que hacen prácticamente de todo… salvo preparar el café, aunque tiempo al tiempo. Y, sin embargo, seguimos convencidos de que vivimos peor de tiempo que nuestros abuelos.

Nunca habíamos tenido tanto… y sentido tan poco

Si alguien hubiera explicado hace cincuenta años que un teléfono permitiría hacer una videollamada, consultar cualquier libro publicado, comprar un billete de avión, pagar la compra, reservar un restaurante y escuchar toda la música del mundo desde el bolsillo, probablemente lo habrían tomado por un escritor de ciencia ficción. Hoy lo hacemos mientras esperamos nuestro turno en la panadería.

La paradoja es evidente. Cuantas más herramientas aparecen para facilitarnos la vida, mayor parece ser la sensación de que no llegamos a ninguna parte.

Quizá porque confundimos ahorrar tiempo con llenar el tiempo. Cada minuto que conseguimos liberar termina ocupado por otra tarea. Respondemos más correos porque ahora es más rápido responderlos. Concertamos más reuniones porque las videollamadas evitan desplazamientos. Contestamos mensajes a cualquier hora porque el móvil siempre está cerca. La agenda no se vacía; simplemente cambia de contenido.

No nos falta tiempo; nos sobra atención dispersa

Existe una idea que me parece especialmente interesante. El recurso verdaderamente escaso del siglo XXI no es el tiempo, sino la atención. Todos disponemos de las mismas veinticuatro horas. Lo que cambia es la cantidad de estímulos que compiten por apropiarse de ellas. Empresas, redes sociales, plataformas digitales, publicidad e incluso personas cercanas luchan constantemente por conseguir unos segundos de nuestro foco mental. Nunca había resultado tan difícil concentrarse y nunca había sido tan rentable para otros que no lo consiguiéramos.

Quizá el verdadero lujo ya no consista en disponer de una hora libre, sino en ser capaz de dedicar esa hora a una única cosa sin sentir la necesidad de consultar el teléfono cada pocos minutos.

Concluyendo

Probablemente nunca consigamos disponer de más tiempo. Ni falta que hace. Lo verdaderamente importante no consiste en añadir horas al día, sino en recuperar la capacidad de habitarlas con cierta tranquilidad. Vivimos convencidos de que la felicidad aparecerá cuando terminemos la lista de tareas pendientes. Lo malo es que esa lista tiene la extraña costumbre de crecer exactamente al mismo ritmo que nosotros la tachamos. Decía Séneca que no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Probablemente tenía razón. Aunque, siendo sinceros, si has llegado hasta el final de este artículo es muy posible que, mientras lo leías, hayas mirado el móvil un par de veces, recordado tres asuntos pendientes y pensado que deberías estar haciendo otra cosa. Si ha sido así, tranquilo/a. No te falta tiempo.

 

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