Han pasado casi tres mil años desde que Homero escribiera La Odisea y, sin embargo, seguimos fascinados por la historia de un hombre que únicamente quería volver a casa.
El estreno de la esperadísima adaptación de Christopher Nolan vuelve a poner de actualidad un clásico que muchos recuerdan por el caballo de Troya, el cíclope o las sirenas.
Sin embargo, quizá la verdadera grandeza de esta obra nunca estuvo en sus monstruos ni en sus batallas, sino en que representa uno de los retratos más precisos del viaje psicológico que cualquier ser humano realiza a lo largo de su vida.
Introducción
Confieso que escribir sobre La Odisea impone bastante más que hacerlo sobre Torrente. Entre otras cosas porque siempre existe alguien dispuesto a recordarte que Homero escribió el poema ocho siglos antes de Cristo, que Ulises en realidad debería llamarse Odiseo y que la traducción correcta de determinado verso depende de si uno utiliza la edición crítica de Oxford o la de Gredos. Uno, que bastante tiene con intentar que el lector no abandone el artículo en el tercer párrafo, procura mantener un perfil bajo.
A ello hay que añadir otro pequeño inconveniente: Christopher Nolan. Porque reconocer públicamente que uno no ha entendido del todo una película de Nolan durante el primer visionado empieza a estar casi tan mal visto como admitir que jamás has terminado En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, obra magna de la literatura en la que el tiempo, como en toda la filmografía de Nolan, no es lineal, sino subjetivo y elástico. Todos asentimos muy serios al salir del cine mientras pensamos aquello de “creo que me ha encantado… aunque necesitaría verla otras dos veces para saber exactamente por qué”.
Pero, dejando a un lado las virtudes cinematográficas de la película, existe algo mucho más interesante desde el punto de vista psicológico. La mayoría creemos que La Odisea habla de un viaje por mares desconocidos. En realidad, habla del viaje que una persona realiza para volver a encontrarse consigo misma.
Ítaca nunca fue un lugar
Todos hemos tenido alguna Ítaca o ese empleo al que soñábamos regresar. La casa de la infancia, una relación que terminó o aquella época en la que creíamos que todo era más sencillo.
La psicología conoce bien este fenómeno. Tendemos a idealizar el pasado porque la memoria no funciona como una cámara de vídeo, sino como un excelente guionista. Recorta escenas, elimina contradicciones y nos presenta una versión bastante más amable de lo que realmente ocurrió. Ulises pasa diez años intentando regresar convencido de que allí encontrará aquello que perdió. Lo que descubre, como tantas personas cuando intentan recuperar una etapa de su vida, es que el lugar sigue existiendo… pero quien ha cambiado es él. Y eso suele doler bastante más que cualquier cíclope.
Los monstruos siempre viven dentro
Quizá el mayor acierto de Homero sea que ninguno de los grandes enemigos de Ulises resulta completamente ajeno a nosotros. Las Sirenas representan la seducción de lo inmediato. Todos conocemos esa voz que promete soluciones rápidas, placer instantáneo o recompensas sin esfuerzo. Hoy ya no cantan desde unas rocas en mitad del mar; suelen hacerlo desde una pantalla de seis pulgadas que llevamos constantemente en el bolsillo.
Polifemo simboliza la fuerza sin reflexión. La impulsividad. Ese momento en que respondemos antes de pensar y acabamos convirtiendo un pequeño problema en una catástrofe perfectamente evitable.
Escila y Caribdis representan esos dilemas en los que cualquier decisión implica renunciar a algo importante. Porque crecer también consiste en descubrir que, en ocasiones, no existe la opción perfecta, únicamente la menos mala. Quizá por eso seguimos leyendo La Odisea. Porque los monstruos cambian de nombre, pero raramente desaparecen.
Penélope: la heroína de la que casi nadie habla
Siempre me ha llamado la atención que buena parte del protagonismo recaiga sobre Ulises cuando, probablemente, el personaje psicológicamente más interesante sea Penélope. Mientras él lucha contra monstruos, tempestades y dioses caprichosos, ella combate algo bastante menos espectacular, pero infinitamente más frecuente: la incertidumbre. Esperar sin saber, confiar sin tener pruebas o mantener un proyecto vital cuando todo invita a abandonarlo.
En consulta solemos comprobar que tolerar la incertidumbre constituye una de las habilidades psicológicas más difíciles de desarrollar. Nos incomoda no controlar lo que ocurrirá mañana. Queremos certezas, garantías y respuestas inmediatas. Penélope no tuvo ninguna. La incertidumbre, en síntesis, no deja de representar conflictos psicológicos, pero no como interpretación esotérica, sino como metáforas.
Poniendo una descripción psicológica para diferentes personas de la obra, las Sirenas representan la gratificación inmediata, Polifemo la impulsividad, Circe la evitación.
Penélope también hace terapia
Siempre me ha llamado la atención que cuando hablamos de La Odisea casi todo el protagonismo recaiga sobre Ulises. Él lucha contra cíclopes, desafía dioses, vence monstruos y sobrevive a tempestades. Penélope, mientras tanto, permanece en Ítaca. Y, sin embargo, sospecho que desde el punto de vista psicológico su papel resulta incluso más complejo. Porque Penélope hace algo para lo que no existen espadas, escudos ni caballos de Troya: aprende a convivir con la incertidumbre.
Esperar es una de las tareas más difíciles que existen para el cerebro humano. Esperar un diagnóstico médico, esperar una llamada, esperar que una relación mejore, esperar que un hijo cambie, así como esperar, simplemente, sin saber si aquello que anhelamos terminará ocurriendo.
En consulta comprobamos con frecuencia que buena parte del sufrimiento psicológico no procede tanto de los acontecimientos como de la incapacidad para tolerar aquello que todavía desconocemos. Nuestro cerebro detesta los espacios en blanco. Prefiere una mala explicación antes que ninguna.
Penélope vive precisamente instalada en ese espacio. No sabe si Ulises continúa vivo. No sabe cuándo volverá. Ni siquiera sabe si merece la pena seguir esperándolo. Y, aun así, continúa tejiendo durante el día y destejiendo por la noche, convirtiendo ese gesto en algo mucho más profundo que una estrategia para engañar a los pretendientes. Tejer se convierte en una forma de sostener la esperanza sin dejar que la desesperación ocupe todo el espacio.
Quizá la verdadera heroína de La Odisea no sea quien derrota monstruos, sino quien consigue que el miedo no termine derrotándola a ella.
Nolan no dirige una película de aventuras
Es probable que quienes acudan al cine buscando una gran película épica salgan satisfechos. Quienes esperen batallas, tempestades, dioses enfadados y criaturas mitológicas encontrarán exactamente eso. Pero sospecho que quienes entren en la sala buscando únicamente una aventura quizá se pierdan lo más interesante.
Christopher Nolan lleva años haciendo siempre la misma película… y no lo digo como una crítica. Cambia los escenarios, modifica la época histórica y altera las reglas del juego, pero vuelve una y otra vez a la misma pregunta: ¿Qué ocurre dentro de la mente humana cuando la realidad deja de ser sencilla?
Lo hizo con la memoria en Memento, con los sueños en Origen, con el tiempo en Interstellar, con la identidad en El truco final o con la culpa y la responsabilidad en Oppenheimer. Ahora utiliza el viaje de Ulises para hablar, una vez más, de aquello que realmente le interesa, a saber, cómo cambian las personas cuando la vida las obliga a atravesar situaciones extraordinarias.
Quizá por eso Nolan parecía el director adecuado para adaptar La Odisea. Porque Homero nunca escribió únicamente una aventura marítima. Escribió una historia sobre el miedo, la pérdida, la tentación, la perseverancia y la necesidad profundamente humana de encontrar un lugar al que sentir que todavía pertenecemos.
Concluyendo
Como señalé previamente, La Odisea continúa emocionándonos casi tres mil años después. No porque nos hable de dioses caprichosos, monstruos imposibles o héroes invencibles, sino porque todos, antes o después, emprendemos un viaje parecido.
Todos hemos querido regresar a una etapa de nuestra vida convencidos de que allí seguía esperándonos la felicidad. Todos hemos idealizado una casa, una relación, un trabajo o una versión de nosotros mismos que ya no existía exactamente igual. Y casi todos hemos descubierto, tarde o temprano, que el verdadero cambio no había ocurrido en el lugar al que regresábamos. Habíamos cambiado nosotros. Decía Constantino Cavafis (poeta griego del siglo XX) que Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias.
Porque, al fin y al cabo, Ítaca nunca fue el destino. Ítaca era la excusa para convertirse en alguien distinto durante el camino. Y eso Homero ya lo sabía hace casi tres mil años. Lo verdaderamente sorprendente no es que Christopher Nolan haya decidido llevarlo de nuevo al cine. Lo sorprendente es que todavía necesitemos que alguien nos recuerde que los viajes más largos casi nunca se miden en kilómetros, sino en las personas que dejamos de ser mientras los recorremos.
Lo que Cavafis no aclaró es que, probablemente, tampoco hacía falta un caballo de Troya. Con una hipoteca, dos grupos de WhatsApp familiares y tres reuniones de comunidad de vecinos, la mayoría ya tenemos nuestra particular odisea.








