El Juego del Calamar

 

El Juego del Calamar o Alice in Borderland son series en boca de muchas personas.

Qué puede explicar la psicología clínica sobre lo que hay detrás de la masiva atracción por este tipo de contenidos audiovisuales. Realicemos un análisis de este.

 

Universos distópicos

En los últimos tiempos, los universos distópicos se están convirtiendo en algo recurrente en diferentes producciones audiovisuales. Sirvan de ejemplo dos de ellas, que estos días están en boga y que son El juego del Calamar y Alice in Borderland.

 

Tramas

Simplificando la trama de las mismas, nos encontraríamos en una suerte de juegos, ya sean infantiles y/o de lógica –no serían incompatibles ambos términos- en los que, a modo de Los Inmortales, solo puede quedar uno, algo que contribuye a enaltecer las carencias y miserias de los personajes protagonistas que, en aras de superar sus penosas existencias, abjuran la moralidad y cualquier atisbo de humanidad.

En el caso de la serie que hace un guiño a la novela de Lewis Carroll, se muestra un Tokio apocalíptico en el que se inserta un macabro juego de supervivencia temporal, habida cuenta de la escasa duración de los visados que protegen de un láser disparado desde el cielo.

Añadida a la primera serie, estaría la recientemente estrenada El Juego del Calamar, título que describe un juego homónimo que se practica en Corea con una figura pintada en el sueño representativa del citado molusco.

En realidad, el título es la excusa perfecta para presentarnos seis juegos, aparentemente infantiles, en los que nuevamente se establece un ejercicio de supervivencia en el que no solo no se oculta la violencia, sino que más bien se exalta.

Visto este sucinto resumen, podríamos pensar que la salud mental tiene algo que decir acerca de quienes quieren acceder a este tipo de contenidos. Siquiera en la psicología clínica habría de encontrarse explicación del porqué de la posible atracción por la violencia (en estos contenidos audiovisuales).

No es una novedad

Aunque pudiera parecer que estas series son algo novedoso y nos surgieran todo tipo de explicaciones relativas a cambios sociales que promueven estos contenidos tales como si los jóvenes de ahora son más violentos o están más expuestos a la violencia, lo cierto es que uno tiene la sensación de que se reabren los mismos debates cada cierto tiempo.

Así, las calificaciones de edad recomendada para el visionado de determinados contenidos suelen estar para respetarlas, si bien todos sabemos que no siempre es así. Dudo mucho que un juego recreativo de los 80-90 que plantea en su título un combate mortal y en el que el objetivo final de una pelea pueda consistir en separar de un tirón todo lo que huela a sistema nervioso del cuerpo, sea menos violento que estas propuestas más actuales.

Del mismo modo, estas series no han inventado la pólvora. Ya en el año 2000 existió Battle Royale (la película) basada en un libro del mismo título publicado un año antes y que planteaba también un ejercicio de supervivencia diseñado para adolescentes y con ingentes dosis de violencia.

El Cubo, la Purga y otros tantos títulos nos plantean las luces y miserias de la condición humana en condiciones límites y mundos distópicos que, aparentemente, sirven para contextualizar este tipo de situaciones.

 

¿Por qué están de moda?

 

La pregunta que puede surgir sería si estas “franquicias” del terror visual, cargadas de asesinatos en diferentes versiones, se ponen de moda por algún factor en concreto y según qué épocas.

Se pueden manejar diferentes hipótesis, desde aquellas que postularían que anhelamos la búsqueda de emociones intensas y, por ello, necesitamos ver la violencia y/o la agresión como forma de autoestimularnos, o buscar otro tipo de explicaciones centradas en la necesidad de comprender qué puede haber tras el hecho violento en sí y conocer o profundizar en la naturaleza de la violencia en el ser humano.

Evidentemente, para gustos los colores, pero si bien ambos postulados serían perfectamente aceptables, uno se queda más tranquilo pensando que hay más personas que se ajustan a la segunda hipótesis frente a la primera.

Así, es obvio que, en estas producciones, la mayoría acertaríamos quién puede sobrevivir, pero necesitamos conocer cómo lo consigue y quién está detrás de todo para intentar comprender la violencia.

Por otro lado, también es probable que realicemos procesos de identificación con las personas que aparecen y las dificultades por las que atraviesan, muchas veces derivadas de la malinterpretada superioridad de los ricos y/o las clases gobernantes.

 

Conclusión

Sea lo que sea, e independientemente de la tendencia o afinidad hacia este tipo de contenidos audiovisuales, lo que sí es obvio es que la mejor prevención de la violencia en la sociedad va por otro lado y tiene mucho más que ver con la recuperación de los valores tradicionales que humanizan.

 

 

 

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