Dicen que una de las características principales de los traumas es su condición inenarrable, es decir, la imposibilidad de poner palabras a lo acontecido. Quizás, en mi necesidad de que la experiencia que he tenido no cristalice como traumática, me dispongo a intentar ponerle palabras a aquello que ha recorrido mi cuerpo durante seis meses. […] Intento seguir escribiendo, pero no consigo realizar una frase que, psicopatológicamente hablando, sea formalmente bien construida y coherente, y atormentan mi cabeza numerosas palabras inconexas en forma de maíz convirtiéndose en palomitas en el microondas: abuso, acoso, discapacidad, negligencia, violencia, resistencias, negación, presión, exigencia, locura, pérdidas, muerte, suicidio, enfermedad… Me resulta difícil poder elaborarlo.

Creo que, cuando empecé en el dispositivo de atención psicológica infanto-juvenil, la primera palabra que me venía a la cabeza y que podía resumir todas estas vivencias aquí enumeradas era “vulnerabilidad”, y con ello me refiero a un estado emocional que había en quienes se sentaban a ambos lados de la mesa del despacho. Tengo la sensación de que se me han abierto las carnes, y he tenido que ir haciendo suturas sobre la marcha, porque a menudo “no hay tiempo”. Estas heridas me hablaban no solo de mi historia personal, atravesada por la espontaneidad y ausencia de filtros característico del menor, sino de la crudeza de las historias biográficas de estos seres que no alcanzaban desde la silla a tocar con sus pies el suelo cuando se fueron quebrando los apoyos; y cómo no, de estos padres que, sumidos en su propia historia vital, se debaten entre el desbordamiento y la negación. Viviendo estas experiencias, he sentido estar a punto de desbordarme con el llanto de un niño, me he sentido amenazada cuando un padre era incapaz de ver el sufrimiento de su hijo y proyectaba su ira sobre mí… Pero también he sentido el deseo de abrazar fuerte, muy fuerte, he sentido las ganas de cantar muy alto las canciones que me han enseñado, y he sentido la fuerza de la supervivencia, la cual no se mide en años de vida. Sin lugar a duda, ha cobrado valor el verso de la canción que dice “que hay personas por las que vale la pena derretirse, que todo es posible, incluso lo imposible… Las virtudes a veces están bajo la superficie” (David Rees). Y es que, una de las cosas que me llevo sin lugar a duda es un cambio de mirada, un mirar a través y descubrir valentía, fuerza, espontaneidad, deseo, búsqueda, apertura, y sin lugar a duda, nuevamente SUPERVIVENCIA. He descubierto que, desde esta óptica, sin olvidar el qué, el acompañamiento se presta de forma más genuina y útil… Un acompañamiento desde su nivel, desde lo artístico, desde lo simbólico, desde allí donde ellos se sienten seguros, ellos te guían. El miedo, la angustia y la tristeza no han desaparecido, pero canalizados e integrados hasta donde mis entrañas me permiten, y puesta a favor de sus necesidades.