Temple Grandin

Mick Jackson, 2010. Estados Unidos.

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Temple Grandin es una película biográfica del año 2010 dirigida por Mick Jackson y protagonizada por Claire Danes, quien interpreta a Temple Grandin, una mujer con Trastorno de Asperger que revolucionó las prácticas del manejo de animales en ranchos ganaderos y mataderos.
El neuropsiquiatra Oliver Sacks dedicó un capítulo en “Un antropólogo en Marte” a la vida de Temple.
Ella ha escrito numerosos libros, entre ellos una autobiografía: Pensar con imágenes: mi vida con el autismo.
Sinopsis: La película comienza con Temple visitando a su tía y trabajando en su rancho. Temple siempre se sintió fascinada por los animales porque creía que ellos “pensaban como ella”. En el rancho utilizaban una maquina para sujetar al ganado a la hora de marcarlo o de realizarle alguna intervención o revisión. Un día, mientras tenía un ataque de pánico, Temple se introdujo en la maquina e inmediatamente se calmó, esto hizo que se construyera una “máquina de abrazar” que la ayudaría a superar diferentes momentos difíciles a lo largo de su vida.
Cuando Temple fue por primera vez a la universidad, se sentía muy nerviosa al mudarse y tener que enfrentarse a un entorno y a unas rutinas nuevas y desconocidas. Temple, en la infancia, fue diagnosticada con autismo, un caso severo, en el que ella se sentía extraña, no miraba a los ojos, prácticamente no tenía lenguaje y evitaba el afecto y el contacto de otros humanos, incluida su propia madre. En esa época la ciencia clasificaba al autismo como una forma de esquizofrenia, culpando a las madres por la enfermedad de sus hijas, diciendo que ellas eran frías, distantes y brutales y que por eso sus hijos desarrollaban la enfermedad, se las bautizó como “madres refrigeradores.” Los médicos sugirieron a la madre de Temple que la ingresaran en un psiquiátrico. La madre se negó al diagnóstico y ayudó a su hija a adaptarse a la vida diaria. Contrató a un terapeuta del lenguaje, quien trabajaba de forma particular solo con Temple y la ayudó a adquirir habilidades comunicativas.
Actualmente Temple Grandin es una zoóloga, etóloga, y profesora de la Universidad Estatal de Colorado y una diseñadora de mataderos. Se doctoró en Ciencia Animal en la Universidad de Illinois.
 
Mi hijo (Mon fils à moi)
Martial Fougueron, 2006. Coproducción Francia-Bélgica.
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Mi hijo nos habla de una familia francesa de clase media que vive en una población de provincias: el padre es profesor universitario, la madre se ocupa con detalle de las labores domésticas, la hija mayor, Suzanne, va a entrar en la universidad y el hijo pequeño de 12 años, Julien, estudia en el instituto. La aparente normalidad de esta familia se resquebraja en nuestra presencia al constarse que la madre mantiene con Julien una ambigua relación de posesión amorosa que resulta asfixiante y, con el tiempo, insoportable para el hijo.
La historia es sencilla, pero la dirección e interpretación la convierten en toda una lección de credibilidad y mesura, para convertir la aparente normalidad de esta familia en una situación incómoda, casi terrible, donde se narra una dura historia de posesión, repleta de chantajes emocionales (“¿Y tú qué prefieres?, ¿qué es más importante para ti? ¿El fútbol con los amigos o la piscina con tu madre?” ) . El filme ganó la Concha de Oro del Festival de San Sebastián a Mejor Película.
Y esta historia entre madre e hijo sucede ante los ojos de la familia. El padre tiene una presencia silenciosa, siempre distante de todos, enfocado en su trabajo (y sus ocios no compartidos), y sin la capacidad para disentir con su esposa y acompañar a Julien. La hija mayor es quien está más cerca de su hermano y quien alerta a los demás de lo que está ocurriendo (“Está claro, no ver nada es muy práctico” le dice la hija al padre), pero no logra su objetivo y tiene que dejarle solo, al trasladarse a residir en un campus universitario. La única persona que tiene una relación cálida y sensible es su abuela materna, que también sabe lo que sucede, y lo apoya con sus regalos y con sus clases de piano.
Y es así, como su casa se convierte en su prisión, y cómo van apareciendo los signos de la infelicidad y del desequilibrio emocional: tristeza, soledad, mutismo, apatía, falta de apetito, insomnio, etc. Algunas escenas merecen un pormenorizado análisis (cuando la madre sospecha por una carta que su hijo tiene una novia, las horas de Julien castigado delante del plato por no comer con apetito, etc.), pero dos merecen un punto y aparte por su crueldad emocional: cuando Julien regala a su madre la caja de chocolates que había comprado para su novia Alice o la violenta situación que se desencadena cuando descubren que Julien se ha escapado de noche a una fiesta, y aparece lo peor de cada uno: la violencia de la madre, la debilidad extrema del padre (“Sabe que hago todo lo que puedo. Él también tiene que hacer un esfuerzo”, se defiende el padre ante la recriminación de la hija) y los temores de la hermana (quien, sin duda, no es la elegida de la madre).
                Mi hijo nos habla de una relación que se transforma en un caso especial de maltrato infantil, maltrato especialmente psicológico y, en algún momento, también físico (y provocado por la rabia), producto de la conflictiva psicología de una madre y la reacción defensiva y desesperada del hijo. En este caso, se puede hablar de un incesto virtual, producto de una madre que no tiene una buena relación con su marido y la canaliza a través de su hijo, una relación que, en ningún caso, llega a los extremos de la relación madre-hijo de La Luna (Bernardo Bertolucci, 1979).
Sea como sea, esta película nos permite reflexionar sobre las distintas maneras de maltrato infantil, por defecto o por exceso, físicas o psicológicas, en el hogar o en la escuela, por la familia o por la sociedad, y de la importancia de las características de los vínculos que se establecen entre el niño y los progenitores en el desarrollo de psicopatología o, por el contrario, de una buena salud mental.