Si hace apenas unas décadas las grandes preguntas de la psicología giraban en torno a la influencia de la familia, la educación o el grupo de iguales, hoy conviene añadir un nuevo actor a la ecuación. No tiene rostro, no paga cuota colegial y, sin embargo, pasa más tiempo con muchas personas que sus amistades, parejas o familiares.
Hablamos del algoritmo, esa misteriosa criatura digital que parece conocernos cada día un poco mejor y que, para inquietud de algunos y fascinación de otros, cada vez decide más cosas sin que nos demos demasiada cuenta.
Introducción
Reconozco que la noche previa a la redacción de este artículo la invertí en actividades intelectualmente discutibles. No hablo de leer tratados filosóficos ni de profundizar en los últimos avances de la neurociencia cognitiva, sino de contemplar cómo un individuo armado con una máquina de agua a presión devolvía el esplendor perdido a una alfombra que parecía haber sobrevivido a varias guerras mundiales y algún que otro animal doméstico con problemas digestivos.
Lo curioso no es que semejante contenido captase mi atención, sino que la aplicación parecía saber de antemano que iba a resultarme fascinante. Tras la primera alfombra llegaron otras, después cuchillos oxidados y más tarde relojes soviéticos.
Fue entonces cuando apareció una pregunta inquietante. ¿Hasta qué punto elegimos nosotros lo que vemos y hasta qué punto lo elige aquello que lo selecciona para nosotros?
El algoritmo también va a consulta
No deja de resultar llamativo que muchas personas desconfíen profundamente de familiares, amigos o profesionales especializados y, sin embargo, acepten sin demasiadas objeciones las recomendaciones de una aplicación cuyo funcionamiento desconocen por completo.
Los algoritmos observan cuánto tiempo permanecemos mirando una publicación, qué compartimos, qué ignoramos y qué nos emociona. Como psicólogos solemos insistir en la importancia de la observación conductual. Ellos llevan años realizándola a una escala que haría palidecer a más de un investigador.
Un viejo conocido llamado Skinner
Llegados a este punto puede parecer que los algoritmos poseen capacidades casi sobrenaturales. Nada más lejos de la realidad. En realidad funcionan aprovechando principios psicológicos que llevan décadas perfectamente descritos.
Pensemos por un momento en el refuerzo intermitente. Dicho de manera sencilla, nunca sabemos cuándo aparecerá la siguiente recompensa. Puede ser el próximo vídeo, el siguiente mensaje, una noticia sorprendente o una fotografía especialmente interesante. Precisamente porque la recompensa es impredecible seguimos buscando.
No deja de resultar curioso que muchas personas critiquen duramente las máquinas tragaperras mientras pasan buena parte de la tarde deslizando el dedo sobre una pantalla esperando encontrar el siguiente contenido estimulante. Evidentemente no son fenómenos idénticos, pero comparten suficientes mecanismos psicológicos como para que el bueno de Skinner probablemente observase la escena con una mezcla de fascinación científica y preocupación paternal.
Y es que pocas cosas enganchan más al cerebro humano que la posibilidad de obtener una recompensa cuya aparición no puede predecirse con exactitud.
El sesgo eres tú
Existe cierta tendencia a pensar que los algoritmos manipulan a las personas desde una especie de inteligencia externa que opera en las sombras. La realidad es bastante menos cinematográfica y, precisamente por ello, mucho más interesante.
Los algoritmos funcionan porque aprovechan sesgos cognitivos que ya estaban ahí antes de internet, antes de los teléfonos móviles e incluso antes de que alguien imaginase que un día compartiríamos fotografías de nuestra comida con desconocidos de cualquier parte del planeta.
Nos gusta la información que confirma nuestras creencias. Prestamos más atención a aquello que nos preocupa. Recordamos mejor los acontecimientos emocionalmente intensos. Nos atraen las narrativas simples. Nos fascinan las certezas.
Siendo honestos, el algoritmo no ha inventado ninguna de estas tendencias. Simplemente ha aprendido a utilizarlas con una eficacia extraordinaria.
Dicho de otro modo, el problema no siempre está en la máquina. A veces está en la facilidad con la que nuestra mente le pone las cosas.
Quién controla a quién
Los algoritmos no nos controlan por completo, pero tampoco son herramientas neutras. Seleccionan información, priorizan contenidos y moldean aquello a lo que prestamos atención. Y quienes trabajamos en psicología sabemos perfectamente que la atención termina configurando buena parte de nuestra experiencia del mundo.
Quizá la cuestión no sea si el algoritmo nos manipula. Tal vez la pregunta verdaderamente interesante sea cuánto estamos dispuestos a delegar en él.
Conclusión
Confieso que mientras termino este artículo sigo sin comprender por qué una persona adulta puede dedicar parte de una noche a contemplar la restauración de alfombras, cuchillos, relojes y objetos cuya existencia desconocía apenas unas horas antes. Tampoco tengo claro si ello habla mal de mí o extraordinariamente bien de quienes generan ese tipo de contenidos.
Lo que sí parece evidente es que los algoritmos han aprendido algo fundamental sobre la naturaleza humana. Mucho antes de que nosotros supiéramos exactamente quiénes somos, ellos descubrieron qué nos llama la atención.
Quizá por eso el verdadero poder de estas herramientas no consiste en predecir nuestro comportamiento, sino en influir discretamente sobre aquello que veremos, leeremos o pensaremos mañana.
Y es que, al fin y al cabo, como decía B. F. Skinner, “una persona no actúa sobre el mundo, sino que el mundo actúa sobre ella”.
Aunque sospecho que Skinner jamás imaginó que, varias décadas después, parte de ese mundo tendría forma de vídeo vertical, música pegadiza y una capacidad inquietante para convencer a un psicólogo de que observar durante media hora la limpieza de una alfombra era una inversión razonable de su tiempo.








