Categoría: Psicología Clínica

La esquizofrenia, dentro de las enfermedades mentales, es considerada como un trastorno mental grave y resistente, si bien hay muchas variantes que condicionan diferentes tipos según la intensidad y tipo de síntomas. Según la Organización Mundial de la Salud, habría más de 21 millones de personas afectadas por esta patología psiquiátrica en todo el mundo. Estas personas tienen una notable variabilidad sintomática que implica diferentes necesidades de tratamiento y siempre de carácter individualizado.

Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5) para el diagnóstico de la esquizofrenia han de darse dos o más síntomas característicos, cada uno de ellos durante una parte significativa de al menos un mes. Podríamos hablar de tres tipos de síntomas de esquizofrenia, a saber, positivos, negativos y cognitivos. Entre los síntomas positivos se encuentran las alucinaciones (percepciones sin objeto), delirios (creencias falsas fuertemente enraizadas e irreales), pensamiento desorganizado y agitación. En cuanto a los síntomas negativos, se plantean el aplanamiento afectivo así como disminución en la fluidez y pensamiento. En cuanto a los síntomas cognitivos tienen que ver con merma de la atención, lentitud de pensamiento y ausencia de insight (conciencia de enfermedad).

Referente a los tipos de esquizofrenia, están definidos por el tipo de síntomas que predominan, si bien el DSM-5 ha suprimido los subtipos clásicos por falta de especificidad. No obstante, conviene su conocimiento ya que, en la práctica clínica, sí se atiende a esta distinción. En este sentido, distinguiríamos la esquizofrenia catatónica (con graves alteraciones psicomotoras), la esquizofrenia paranoide (predominio de sintomatología positiva en forma de delirios y alucinaciones), esquizofrenia simple (con disminución de los procesos mentales –categoría exclusiva de la CIE-), esquizofrenia residual (tras haber sufrido uno o más brotes de esquizofrenia predominan los síntomas negativos), esquizofrenia hebefrénica o desorganizada (comportamientos desorganizados y/o caóticos por parte de la persona) y esquizofrenia indiferenciada (para aquellos casos que no encajan con las descripciones previas). Cabe reseñar que, aunque inusualmente, pueden aparecer cuadros de esquizofrenia infantil. Estos casos revierten mucha gravedad y derivan en que los niños interpreten la realidad de forma anormal teniendo un mal pronóstico.

Respecto al tratamiento de la esquizofrenia  hay que incidir en que es complejo por la cantidad de factores biológicos, ambientales y psicosociales que modulan la gravedad y evolución de la enfermedad. Además, hay bastantes personas con esquizofrenia que presentan adicción a sustancias estupefacientes, algo que ha de ser abordado de forma inmediata. De forma más específica, en el tratamiento hablaríamos de varias posibilidades que, habitualmente, han de ser aplicadas en conjunto. El tratamiento farmacológico distingue los llamados antipsicóticos clásicos (p. ej.: clorpromazina) y los antipsicóticos atípicos (p. ej.: risperidona). En cuanto a la terapia para la esquizofrenia, parece interesante la terapia psicológica integrada que aborda las habilidades sociales, solución de problemas, comunicación verbal, percepción social y técnicas de diferenciación cognitiva.

A modo de conclusión, el tratamiento idóneo suele ser la combinación de los reseñados en un contexto de intervenciones psicosociales preferiblemente vinculadas al entorno natural y/o comunitario.