Lindsay Clancy: cuando una madre mata a sus hijos
Lindsay Clancy-cuando una madre mata a sus hijos

El caso de Lindsay Clancy, acusada de matar a sus tres hijos en 2023, ha reabierto un complejo debate en torno al filicidio, la psicosis posparto y la responsabilidad criminal.

¿Hasta qué punto una enfermedad mental grave puede alterar la capacidad para comprender y controlar una conducta homicida?

Cuando los padres matan a sus hijos

Matricidio hace referencia a matar a la propia madre, fratricidio a acabar con la vida de un hermano y parricidio se ha utilizado tradicionalmente para referirse al homicidio de determinados familiares y, particularmente, de los progenitores. Menos conocido es el término filicidio, a saber, matar a un hijo. Incluso podemos afinar algo más hablando de neonaticidio cuando la víctima es un recién nacido durante sus primeras horas de vida o de infanticidio cuando se acaba con la vida de un niño de corta edad.

Más allá de precisiones terminológicas, resulta difícil imaginar una conducta más contraria a lo esperable que aquella en la que quien debería proteger a un hijo termina convirtiéndose en la persona que acaba con su vida. Precisamente por ello, el filicidio ha suscitado un enorme interés desde la psicología y la psiquiatría forense.

El caso de Lindsay Clancy

En enero de 2023, Lindsay Clancy, una enfermera estadounidense, mató a sus tres hijos, Cora, Dawson y Callan, de cinco años, tres años y ocho meses respectivamente. Posteriormente intentó suicidarse arrojándose desde una ventana de su domicilio, sufriendo graves lesiones.

La autoría de los hechos no constituye precisamente el principal problema del caso. La cuestión verdaderamente interesante desde el punto de vista forense es otra: ¿hasta qué punto Lindsay Clancy era responsable de sus actos en el momento de matar a sus hijos?

Clancy había presentado importantes problemas de salud mental después del nacimiento de su último hijo, había recibido atención psiquiátrica, diferentes tratamientos psicofarmacológicos e incluso había estado ingresada poco tiempo antes de los hechos. La defensa ha sostenido que padecía una psicosis posparto que habría alterado gravemente su capacidad para comprender y controlar su comportamiento. La acusación, por el contrario, ha señalado diferentes elementos de organización y planificación como indicativos de que sabía lo que estaba haciendo.

He aquí una de las cuestiones clásicas de la psicología forense: una cosa es presentar un trastorno mental y otra muy distinta determinar cómo afectaba ese trastorno a las capacidades de una persona en el momento concreto de cometer un delito.

Psicosis posparto: enfermedad mental no significa violencia

La psicosis posparto constituye una alteración psiquiátrica grave y relativamente infrecuente que suele aparecer durante las primeras semanas posteriores al parto. Puede acompañarse de delirios, alucinaciones, importantes alteraciones afectivas, confusión, agitación y comportamiento desorganizado.

Ahora bien, conviene introducir inmediatamente una precisión. Padecer una psicosis posparto no convierte a una mujer en violenta y mucho menos en homicida. Vincular de manera automática trastorno mental y peligrosidad constituye una simplificación injusta y científicamente incorrecta.

Otra cuestión diferente es que determinados cuadros psicóticos graves puedan alterar extraordinariamente el juicio de realidad y, en situaciones excepcionales, incrementar el riesgo para la propia madre o para sus hijos. Y es precisamente ahí donde adquieren especial relevancia la detección precoz, la valoración del riesgo y el adecuado tratamiento.

Cinco formas de filicidio

Resulta imprescindible mencionar a Phillip Resnick, quien ya en 1969 propuso una de las clasificaciones clásicas del filicidio atendiendo fundamentalmente a su motivación. Distinguió cinco tipos principales: altruista, psicótico agudo, de hijo no deseado, accidental y por venganza hacia la pareja.

En el filicidio altruista el progenitor puede llegar a considerar, desde una percepción absolutamente distorsionada de la realidad, que matar al hijo supone evitarle algún tipo de sufrimiento. El filicidio psicótico agudo aparece directamente vinculado con delirios, alucinaciones u otra sintomatología psicótica grave. En el caso del hijo no deseado, la propia existencia del menor constituye el motivo fundamental del homicidio.

El filicidio accidental suele producirse en contextos de maltrato en los que inicialmente no existía una intención directa de matar, mientras que en el filicidio por venganza el hijo se convierte en un instrumento para provocar el máximo sufrimiento posible al otro progenitor.

Y el caso Clancy aporta una circunstancia especialmente curiosa: décadas después de formular esta clasificación, el propio Resnick ha intervenido como experto en su juicio, defendiendo la existencia de un estado psicótico en el momento de los homicidios.

Diagnóstico e imputabilidad no son lo mismo

Este probablemente sea el aspecto más interesante del caso desde la psicología forense. Podemos demostrar que una persona padecía una enfermedad mental grave y, sin embargo, todavía tendremos que contestar a otra pregunta: ¿cómo afectaba esa enfermedad a sus capacidades concretas cuando cometió el delito?

Una persona psicótica puede conservar determinadas capacidades organizativas, realizar conductas aparentemente coherentes e incluso planificar acciones. Del mismo modo, presentar alucinaciones o ideas delirantes tampoco supone automáticamente haber perdido cualquier capacidad para conocer el significado de los propios actos.

Por ello, la evaluación forense no consiste exclusivamente en colocar una etiqueta diagnóstica. Hay que reconstruir retrospectivamente el estado mental del sujeto atendiendo al comportamiento anterior, simultáneo y posterior a los hechos, documentación clínica, testimonios, posibles motivaciones y toda la información disponible.

Es mucho más sencillo afirmar que alguien estaba “loco” o, en el extremo contrario, que una conducta planificada demuestra necesariamente normalidad mental. La realidad acostumbra a ser bastante más complicada.

Enferma o culpable: una falsa dicotomía

Los homicidios cometidos por Lindsay Clancy generan inevitablemente una enorme reacción emocional. Tres niños murieron a manos de su madre y ningún diagnóstico modifica esa realidad. Sin embargo, comprender psicológicamente una conducta no significa justificarla, del mismo modo que diagnosticar una enfermedad mental tampoco supone automáticamente eliminar la responsabilidad de quien la realiza.

Quizá el problema aparece cuando intentamos reducir una cuestión extraordinariamente compleja a dos posibilidades aparentemente incompatibles: enferma o culpable. Puede existir enfermedad mental y responsabilidad y, en otros casos, una enfermedad puede condicionar de tal manera las capacidades de una persona que modifique sustancialmente la valoración jurídica de sus actos.

Precisamente ahí se encuentra una de las funciones más complejas de la psicología forense: intentar explicar hasta qué punto una alteración psicológica condicionó realmente la conducta de una persona en un momento determinado.

El caso de Lindsay Clancy obliga también a mirar hacia atrás. Había existido malestar psicológico, demanda de ayuda, tratamiento e incluso atención hospitalaria antes de producirse la tragedia. Analizar qué señales existían, cuáles podían realmente anticipar un riesgo de esta magnitud y qué posibilidades ofrece la prevención de estos sucesos merece un análisis mucho más detenido… pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

 

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