Hoy me he levantado con cierta alegría interna y es que barriguita llena, corazón contento. He de admitir que lo de barriguita no sería del todo aplicable a mi estilizado cuerpo (era ironía) y que más bien habría que sustituir el sufijo –ita por –ón, pero es que no puede más que insistir en lo de tripa vacía, corazón sin alegría. El caso es que es ciertamente pesado cuando todo el mundo te dice “has engordado desde la última vez que nos vimos” y, sea o no cierto, es un momento de la vida en que te apetece decir a la otra persona que ha engordado más que tú, amén de otras características físicas que omito por no parecer vengativo y por si leen este escrito y se reconocen aquellos en quienes pienso. Centrándome en la materia, lo que sí tengo claro es que nunca acabaré en una permarexia, es decir, nunca seré una persona sometida continuamente a régimen, de la misma manera que nunca caeré en la vigorexia y es que en el gimnasio son conocidos mis paseos mirando a un lado y al otro como si el girar de mi cuello consumiese cantidades ingentes de calorías. Lo de aumentar la musculatura con mucho ejercicio físico y cierto aderezo proteico y de anabolizantes no es algo que me estimule.

Total que lo que va saliendo es que no quiero someterme ni a las reglas de una dieta estricta ni al tedio de un ejercicio excesivo para ponerme cachas. Cierto es que no me gusta engordar pero nunca llegaré al pánico por coger algún kilo de más ni lo intentaré remediar con deporte exagerado y dieta cual manoréxico. Quizá mis kilos añadidos provengan de la ingesta de alguna birrilla pero el calor aprieta y uno necesita nutrientes en forma de cereales como la malta, lúpulo o cebada en una rica combinación con agua muy fría. No terminaré en una drunkorexia porque nunca contrarrestaré el efecto calórico del alcohol ingerido a partir de dejar de comer. La tapita es sagrada y hay que aceptar las consecuencias de la loable práctica de su ingesta. Para mí una buena tapa representa un gran ejemplo de ortorexia, lo malo es que parece que no es ese el término correcto. Dicen que en la ortorexia hay una obsesión patológica por comer productos sanos y ahí es donde está el quid de la cuestión ya que para mí son sanas las croquetas, jamoncito (estoy salivando), bravas, sepia… y para otros lo son el arroz blanco hervido, el pavo o las espinacas. En lo de la bebida bien es cierto que hay más términos implicados aunque no aplicables a quien escribe estas líneas. Está la dipsomanía como ingesta masiva de líquidos y la potomanía como obsesión por beber agua en cantidades superiores a cuatro litros diarios. Supongo que sería más definible como un potómano del lúpulo con atracones de tapitas.

Cambiando de tercio (no me refiero a la cerveza), ya que el título plantea la pregorexia habré de explicar en qué consiste. Señalar que a mí no me puede tocar, ya que se refiere a mujeres embarazadas con pánico a engordar. En otras palabras, anorexia durante el embarazo. Dicen que es bueno desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un mendigo. Aunque sea una simpleza tengo claro que lo mejor es llevar una dieta equilibrada y sana en la que no halla ni excesos ni defectos por no acabar en una de las afecciones mencionadas.

Nadie está libre de riesgos y, sin ir más lejos, se estima que el 28% de la población de los países occidentales padece ortorexia limitando el consumo de grasas, huevos, azúcares o lácteos. En otras palabras, mientras que en anorexia o bulimia la preocupación es por la cantidad de comida, en la ortorexia preocupa la calidad. Por cierto, que incluso el propio Nietzsche flirteó con problemas en la alimentación. En una época de su vida despreció los alimentos cárnicos en pos de un acérrimo vegetarianismo pero, llegado el momento, acabó volviendo a los productos cárnicos y su cuerpo se resintió en forma de un montón de enfermedades como parálisis, migrañas, problemas visuales, etc. Aunque una manzana al día, el médico te ahorraría espero no haberos embriagado con este derroche terminológico y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho.