Es posible que este artículo despierte alguna susceptibilidad. De hecho, si usted pertenece a ese selecto grupo de personas que considera ofensivo prácticamente todo aquello que no coincide exactamente con su manera de entender el mundo, quizá este sea un buen momento para respirar hondo, recordar que se trata de un “texto sobre psicología” y seguir leyendo. O no. Precisamente de eso también va este artículo.
Aprovechando el estreno de Torrente Presidente, intentaremos entender por qué un personaje tan políticamente incorrecto sigue haciéndonos reír (a unos cuantos millones) y qué dice eso de nosotros.
Introducción
Confieso que escribir sobre Torrente en pleno 2026 supone asumir un riesgo razonable. No porque Santiago Segura vaya a presentarse en mi consulta para solicitar una valoración psicológica del personaje —que tampoco estaría mal si la visita incluye un bocadillo de calamares—, sino porque vivimos tiempos en los que uno nunca sabe si la primera reacción al terminar un artículo será una carcajada, una reflexión… o una petición formal para cancelar al autor antes incluso de llegar al segundo párrafo.
Vaya por delante, por si alguien ha comenzado la lectura con el dedo peligrosamente cerca del botón de la indignación, que este artículo no pretende justificar el machismo, la xenofobia, la corrupción, la falta de higiene, el abuso del colesterol ni cualquier otra de las múltiples cualidades que convierten a José Luis Torrente en un personaje tan inolvidable como absolutamente impresentable. Si, pese a ello, alguien concluye que el autor comparte semejantes planteamientos, prometo revisar cuidadosamente el texto… aunque quizá también recomendaría revisar la comprensión lectora, que últimamente tampoco atraviesa su mejor momento.
Lo cierto es que Torrente reúne prácticamente todas aquellas características que cualquier psicólogo, educador, trabajador social o vecino medianamente sensato desaconsejaría fomentar. Y, sin embargo, seguimos riéndonos. Ahí es donde comienza la psicología.
No nos reímos con Torrente, nos reímos de Torrente
Existe una diferencia importante entre reírse de un personaje y compartir aquello que representa. Nadie sale del cine pensando que Torrente debería impartir talleres sobre convivencia, igualdad o habilidades sociales. Más bien al contrario. Su éxito reside precisamente en exagerar hasta el absurdo conductas que la mayoría identificamos como rechazables.
Los psicólogos sabemos que el humor constituye uno de los mecanismos de defensa más sofisticados del ser humano. Nos permite acercarnos a cuestiones incómodas manteniendo una distancia emocional suficiente como para no sentirnos amenazados por ellas. Dicho de otra manera, la caricatura funciona porque deforma la realidad, no porque pretenda convertirla en modelo de conducta.
Seamos sinceros. Resultaría complicado llenar salas de cine con un protagonista educado, respetuoso, prudente, solidario, que recicla correctamente, paga sus impuestos con entusiasmo y jamás aparca en doble fila. Sospecho que la película terminaría antes de que alguien hubiese pedido las palomitas.
La generación de cristal… y la de porcelana
Reconozco que la expresión “generación de cristal” nunca me ha convencido del todo. Entre otras cosas porque todas las generaciones han tenido sus propios tabúes y aquello de lo que no convenía bromear. Quizá nuestros abuelos no se escandalizaban por los mismos motivos que nosotros, pero tampoco eran precisamente entusiastas de cuestionar determinadas tradiciones.
La diferencia quizá no esté en la sensibilidad, sino en el altavoz. Antes uno se enfadaba en el salón de su casa, en el bar del barrio o escribía una carta al director que probablemente nadie publicaría. Hoy basta un teléfono móvil para convertir cualquier indignación en tendencia durante unas horas.
Y eso tiene un efecto curioso. Corremos el riesgo de confundir el derecho a sentirse ofendido con la obligación de que nadie nos ofenda jamás. Psicológicamente hablando, son conceptos bastante diferentes.
Cuando el humor deja de hacer cosquillas
Existe una teoría psicológica según la cual aquello que nos hace reír suele situarse en un punto intermedio entre lo aceptable y lo prohibido. Si un chiste no incomoda absolutamente nada, probablemente resulte tan emocionante como leer las instrucciones de una lavadora. Si, por el contrario, traspasa determinados límites, deja de ser humor para convertirse en otra cosa.
Torrente lleva casi tres décadas caminando sobre esa cuerda floja. Su función nunca fue enseñarnos cómo debemos comportarnos, sino exagerar determinadas miserias humanas hasta convertirlas en una parodia grotesca.
En cierto modo, Torrente es un espejo deformante. Y pocas cosas incomodan más que descubrir, aunque solo sea durante un instante, que algunos de nuestros prejuicios, sesgos o contradicciones aparecen reflejados —afortunadamente muy exagerados— en ese espejo.
Concluyendo
Quizá el verdadero mérito de Torrente no consista en sus frases, en sus persecuciones imposibles o en esa sorprendente capacidad para sobrevivir a cualquier desastre sin perder el palillo de la boca. Tal vez su mayor acierto sea recordarnos que el humor también cumple una función psicológica.
Reírnos de aquello que rechazamos no significa admirarlo. En muchas ocasiones significa exactamente lo contrario. Nos permite tomar distancia, señalar el absurdo y ridiculizar conductas que, fuera de la ficción, resultarían profundamente preocupantes.
Decía Mark Twain que “contra el ataque de la risa nada puede resistir”.
No sé si el escritor estadounidense llegó a imaginar un personaje como José Luis Torrente cuando escribió semejante frase. Lo que sí sospecho es que, si hoy levantara la cabeza y entrase en una sala de cine, probablemente saldría con la misma conclusión que cualquier psicólogo después de ver la película: el verdadero peligro nunca fue Torrente; el verdadero peligro sería no entender por qué nos reímos de él.








