Por Dr. Juan Jesús Muñoz García, Profesor de Psicología Clínica de CeDe

Partiendo de la no necesaria vinculación de la enfermedad mental y/o de un trastorno de la personalidad con la comisión de asesinatos masivos, sí es cierto que en la perpetración de los mismos suele haber un conjunto de factores (la mayoría psicosociales) que, llámense como quieran, suelen ser comunes y/o explicar circunstancias que pueden anticipar la posibilidad de cometer estos crímenes.

Pero vayamos en orden para analizar el fenómeno del asesinato masivo. Un asesinato en masa se refiere a la muerte de un elevado número de víctimas, de manera simultánea o en un corto período de tiempo. Detrás del crimen pueden estar individuo/s u organización/es. Entran dentro de esta categoría los asesinos en serie que, en su caso, pueden asesinar masivamente pero no necesariamente al mismo tiempo. Hablar de los asesinatos masivos implica acercarnos a una amalgama de variables vinculadas a temas políticos, terroristas,  religiosos, xenofobia y un largo etcétera de “sinsentidos” con los que intentamos explicarnos el porqué de hechos tan macabros. Me vienen a la cabeza genocidios como de la IIª Guerra Mundial, asesinatos masivos con el de la Isla de UtØya u otras matanzas como los atentados terroristas (etarras, atentados de Barcelona y Cambrils, etc.) o la triste realidad de los asesinatos en centros escolares estadounidenses (cuatro en lo que va de año). Nacionalsocialismo, rechazo a otras ideologías, radicalización religiosa, facilidad de acceso a armas y problemas psíquicos…; un poco de todo quizá o mucho de nada. Pondremos dos ejemplos de individuos con “dificultades” psíquicas que, insisto, no necesariamente suponen el paradigma explicativo de estos asesinatos masivos.

El 22 de julio de 2011 acontecieron dos atentados “terroristas” en Noruega consistentes en la explosión en Oslo de un artefacto y un tiroteo en la mencionada isla de UtØya (a pocos kilómetros de Oslo). El resultado fue de un total de 77 fallecidos a manos de un individuo llamado Anders Behring Breivik (32 años por aquel entonces). Responsable de ambos hechos, ante el tribunal que juzgaba su caso manifestó frases como “un narcisista nunca había dado su vida por nadie o nada” (paradoja narcisista) en respuesta a como era perfilado psicológicamente. Planteaba estar asociado a los Caballeros Templarios y, en realidad, era una persona extremadamente solitaria, sin amigos, sin pareja, sin familia (su padre le retiró la palabra desde años atrás). Breivik estaba “enganchado” a internet y, amén de su narcisismo,  estaba obsesionado con el videojuego World of Warcraft (no es precisamente algo plácido), juego hacia el que manifestaba una clara adicción. Breivik fue a matar a jóvenes de un partido político “contrario” a su ideología, o esa era su excusa. Para definirse utilizaba términos como nacionalista y fundamentalista cristiano, lo que viene a denominarse como extrema derecha. En su perfil de Facebook se definía como cristiano y conservador llegando incluso a colgar mensajes en Internet declarándose enemigo de la sociedad multicultural. Por cierto, su identificación con los Caballeros Templarios le llevaba a plantear la guerra a los marxistas y el Islam, Incluso mostraba fotos con un fusil y luciendo un brazalete con el lema “cazador de marxistas”. Estas pistas nos llevan a pensar en la posibilidad de un trastorno delirante que, subrayo, no necesariamente debería llevar a actos violentos, pero que en casos excepcionales derivan en estas graves circunstancias. En realidad, la clave de los hechos acaecidos alude al concepto de crisis catatímica, es decir, actos repentinos, aislados y no repetitivos que se presentan como resultado de un estado de tensión intolerable. Breivik, en su delirio, fue acumulando ira y odio hacia el socialismo gobernante del país y en su crisis planificó y orquestó un atentado contra un edificio gubernamental y la muerte de los jóvenes socialistas que se reunían en UtØya.

Por otro lado, hace apenas unos días (14 de febrero), Nikolas Cruz asesinó a 17 personas, cifra que afortunadamente no se ha elevado pese al reguero de heridos que dejó a su paso en una matanza planificada y de la que, en el fondo, había claros avisos a través de las redes sociales (algo paralelo al caso previo).  Nikolas tiene 19 años y cuando falleció su madre por una neumonía en noviembre del año pasado fue acogido por una pareja estadounidense que tenía un hijo del que era “amigo” Cruz. El “padre” de su nueva familia era un veterano del ejército estadounidense y experto en inteligencia militar. Curioso es que pese a que la pareja tenía identificada la posible depresión que sufría Nikolas, no se oponía ni mostraba extrañeza ante la gran cantidad de material militar que el joven acumulaba (algo aparentemente normalizado en bastantes hogares de los Estados Unidos). El joven fue definido como solitario, con comportamientos extraños e inadaptación social. De hecho, había sido expulsado del centro escolar donde perpetró la matanza. A posteriori, como siempre, llamaron la atención conductas que en el día a día eran normalizadas. Ir siempre a dormir a las ocho de la noche, mezclar queso y galletas en un mismo bocadillo y la ya aludida acumulación de material militar. Los compañeros del colegio definían a Cruz como alguien “raro” pero que en los años de instituto fue evidenciando cada vez comportamientos más extraños que iban desde la venta de cuchillos a imágenes en Instagram portando armas de fuego (en una foto salía con seis rifles y pistolas que denominaba “su arsenal”). Cada vez más solitario y callado, comenzó a meterse en peleas hasta ser expulsado por portar balas en su mochila.

En un caso hablamos de un trastorno delirante que da rienda suelta a sus impulsos violentos. En el otro hablamos de una depresión que va “dando anuncios” de algo que puede suceder en un contexto de facilidad (inverosímil) para obtener una licencia de armas y adquirirlas de forma legal. Lo cierto es que en ambos sucesos impera la mencionada catatimia como mecanismo compensador que deforma la realidad según los deseos o temores del individuo. Al fin y al cabo, a los que se aprecia se les reviste de excelsas cualidades y a los que se desprecia se les inviste con viles defectos; algo que, por desgracia, queda patente en los casos planteados.