España vuelve a ser campeona del mundo. Ferran Torres marcó en la prórroga el gol que derrotó a Argentina y añadió una segunda estrella a la conseguida en 2010.
Millones de personas celebraron entonces algo que, en sentido estricto, habían logrado veintiséis futbolistas y un cuerpo técnico.
Sin embargo, nadie dijo «han ganado». Dijimos «hemos ganado». Y no se trataba de un error gramatical, sino de psicología social
Introducción
Reconozco que no participé demasiado en la victoria de España en el Mundial: no marqué el gol de Ferrán Torres en el minuto 106, no detuve ningún penalti, no di instrucciones desde el banquillo y, hasta donde alcanza mi memoria, Luis de la Fuente tampoco me llamó para consultarme la alineación. Mi aportación consistió básicamente en ver el partido desde el sofá, levantarme varias veces, pronunciar algunas indicaciones tácticas que nadie escuchó y explicar a quienes estaban conmigo qué estaba haciendo mal la selección, como corresponde a cualquier español que se precie. A pesar de ello, cuando terminó la final no dije que España había ganado, sino que habíamos ganado y no fui precisamente el único.
Durante las horas siguientes, millones de personas que tampoco habían tocado el balón hablaron de «nuestra victoria», «nuestra segunda estrella» y «nuestros campeones». Gente que habitualmente no se pone de acuerdo sobre absolutamente nada compartió banderas, canciones, abrazos y vídeos del gol; algunos lloraron, otros llamaron a sus padres y muchos salieron a la calle como si acabaran de aprobar una oposición particularmente complicada, aunque su intervención real en el proceso hubiera consistido en abrir una cerveza y criticar al árbitro. Desde fuera puede parecer absurdo, pero desde la psicología resulta perfectamente comprensible, porque el ser humano no solo necesita ser alguien, sino también sentir que pertenece a algún sitio.
Del “ellos” al “nosotros” en noventa minutos
Una parte de nuestra identidad se construye a partir de características personales —el trabajo, las relaciones, nuestra forma de ser o aquello que creemos que nos diferencia—, pero también existe una identidad social formada por los grupos a los que sentimos que pertenecemos. Somos de una familia, de una ciudad, de una profesión, de una generación, de un equipo de fútbol o de ese extraño colectivo que continúa defendiendo que la tortilla de patatas sin cebolla merece seguir llamándose tortilla.
Henri Tajfel y John Turner explicaron que una parte de nuestro autoconcepto procede precisamente de esas pertenencias grupales y que, cuando un grupo se incorpora a nuestra identidad, sus éxitos y fracasos dejan de resultarnos completamente ajenos. Por eso no solemos decir que «los jugadores españoles han vencido», sino que «hemos ganado», del mismo modo que no hablamos de una camiseta cualquiera, sino de nuestra camiseta, y cuando el árbitro toma una decisión discutible no sentimos que haya perjudicado únicamente a once profesionales a los que no conocemos, sino que nos ha perjudicado a todos.
Durante un Mundial, la frontera entre el espectador y el equipo se vuelve sorprendentemente porosa: un gol marcado a miles de kilómetros provoca que alguien salte en su casa, abrace a un desconocido o termine llorando delante de una pantalla, aunque lo más cerca que haya estado del césped durante los últimos años sea al cortar el de su jardín. Ahí reside una de las particularidades de la identidad social: convierte acontecimientos protagonizados por otros en experiencias que vivimos como parcialmente propias.
Disfrutar de la gloria reflejada
En los años setenta, Robert Cialdini y sus colaboradores estudiaron un fenómeno al que denominaron basking in reflected glory, algo así como «bañarse en la gloria reflejada». Observaron que, después de una victoria deportiva, las personas tendían a mostrar con mayor intensidad su vinculación con el equipo ganador, vistiendo sus colores, hablando más del grupo y utilizando con mayor frecuencia el pronombre «nosotros», aunque no hubieran contribuido en absoluto al resultado.
No parece que hayamos cambiado demasiado. Cuando España gana, reaparecen camisetas que llevaban años en el fondo de un armario, surgen banderas en balcones donde probablemente permanecerán hasta Navidad y personas que no habían visto un partido completo desde 2010 descubren una pasión inquebrantable por el fútbol combinativo. No siempre se trata de oportunismo, sino de que vincularnos con un grupo exitoso mejora temporalmente la imagen que tenemos de nosotros mismos: no hemos marcado ni levantado la copa, pero pertenecemos al país, compartimos sus símbolos y hemos vivido el mismo partido, lo que nos permite aproximarnos emocionalmente al triunfo y sentir que una parte minúscula también nos corresponde.
Con la derrota, sin embargo, el mecanismo suele invertirse. El «hemos perdido» se transforma rápidamente en «han jugado fatal», «no tenían actitud» o «el entrenador se ha equivocado», porque la identidad grupal, como tantas otras cosas en la vida, funciona bastante mejor cuando vienen bien dadas. Con la victoria somos todos campeones; con la derrota, los responsables suelen vivir en otro sitio.
El extraño milagro de sentir juntos
Durante unas horas ocurrió algo cada vez menos habitual: millones de personas prestaron atención al mismo acontecimiento, compartieron una expectativa y reaccionaron emocionalmente de manera parecida. Vivimos en una sociedad fragmentada, en la que cada persona consume sus noticias, escucha su música, ve series distintas y recibe contenidos seleccionados por algoritmos que parecen conocerla mejor que algunos de sus familiares; incluso dentro de una misma habitación, es perfectamente posible que cada uno se encuentre mirando una pantalla diferente.
Un Mundial interrumpe temporalmente esa fragmentación. De repente todos observan el mismo balón, la conversación gira alrededor del mismo partido, el silencio aparece al mismo tiempo antes de una ocasión y el grito estalla casi simultáneamente cuando llega el gol. En bares, casas y plazas se produce una sincronización emocional entre personas muy distintas, mientras que los rituales deportivos —vestirse con los mismos colores, cantar, reunirse o celebrar juntos— refuerzan la pertenencia y generan una cohesión que puede prolongarse más allá del propio encuentro.
Quizá por eso terminamos abrazando a desconocidos. En circunstancias normales, lanzarse sobre el señor de la mesa de al lado porque ha ocurrido algo en la televisión podría generar cierta inquietud e incluso la intervención del responsable del establecimiento, pero durante una final ese desconocido deja de serlo completamente y pasa a formar parte, aunque solo sea durante unos segundos, del mismo «nosotros».
Un enemigo ayuda bastante
Para que exista un «nosotros» suele resultar útil que aparezca también un «ellos», porque la identidad social no solo nos indica quiénes somos, sino también quiénes no somos. Durante la final, Argentina no era simplemente otra selección, sino el obstáculo que impedía alcanzar el título; sus jugadores podían parecernos excelentes profesionales el día anterior y volver a parecérnoslo veinticuatro horas después, pero durante el encuentro se convertían temporalmente en el exogrupo.
No es necesario odiar al rival para reforzar la identidad propia, basta con percibir dos grupos diferenciados, con símbolos distintos y objetivos incompatibles. El fútbol ofrece así una versión extraordinariamente simplificada del mundo: las reglas son conocidas, los bandos están claros y al final existe un resultado, mientras que en la vida cotidiana puede no quedar claro quién tiene razón, cuándo termina un conflicto o cuál era exactamente el objetivo. Durante dos horas dejamos en suspenso esa complejidad y nos permitimos desear una sola cosa junto a millones de personas: que el balón entre.
Concluyendo
España ganó la final y nosotros dijimos que habíamos ganado, no porque hubiéramos participado realmente, sino porque durante el torneo el equipo se incorporó a nuestra identidad, sus colores se convirtieron en nuestros colores y su éxito nos permitió disfrutar de una pequeña porción de gloria reflejada. Necesitamos pertenecer, compartir símbolos, emociones y relatos, y sentir, aunque sea de vez en cuando, que no estamos celebrando solos; el fútbol no crea esa necesidad, pero sabe aprovecharla extraordinariamente bien.
Quizá por eso alguien que jamás diría «hemos recibido el Premio Nobel» cuando lo obtiene un científico español puede gritar «somos campeones del mundo» sin percibir ninguna contradicción. Y quizá tenga cierto sentido ya que ellos pusieron el talento, el esfuerzo y el gol; nosotros pusimos el sofá. Cada cual contribuyó como pudo.








