Hubo un tiempo en que el fútbol era más sencillo. El árbitro se equivocaba, los aficionados protestaban, los periódicos discutían durante una semana y la vida seguía adelante.
Hoy disponemos de cámaras de alta definición, repeticiones desde todos los ángulos imaginables, líneas virtuales y tecnología capaz de detectar si una uña del pie estaba adelantada. Sin embargo, algo no ha cambiado demasiado. Seguimos convencidos de que tenemos razón.
Analicemos qué nos dice el VAR sobre el fútbol y, sobre todo, sobre nosotros mismos
Admito que durante los Mundiales me convierto en árbitro internacional
Reconozco que cada vez que llega un Mundial desarrollo una habilidad extraordinaria para juzgar jugadas polémicas. No es una capacidad que haya adquirido mediante formación específica ni tras superar algún curso avanzado impartido por la FIFA. De hecho, mis conocimientos sobre reglamentación deportiva probablemente sean similares a los que poseo sobre física cuántica, reparación de submarinos nucleares o elaboración artesanal de queso manchego. Sin embargo, basta con que aparezca una repetición dudosa para que mi cerebro active un mecanismo de análisis que convierte mi salón en una improvisada sede del Tribunal Supremo Deportivo Internacional.
Lo fascinante del asunto es que este fenómeno no me ocurre únicamente a mí. Millones de personas, algunas de las cuales no han corrido más de cien metros seguidos desde la última clase de Educación Física del instituto, son capaces de emitir diagnósticos arbitrales contundentes después de observar una repetición durante tres segundos. Lo mejor llega cuando otro aficionado, que ha visto exactamente las mismas imágenes, alcanza una conclusión radicalmente opuesta con idéntico nivel de convicción.
Y es aquí donde la psicología empieza a frotarse las manos.
Más cámaras, mismas discusiones
Cuando apareció el VAR muchos pensamos que el debate futbolístico tenía los días contados. Al fin y al cabo, si una jugada podía revisarse desde todos los ángulos posibles, con cámaras lentas, rápidas, cenitales, laterales y probablemente alguna instalada en una estación espacial internacional, lo lógico era que las polémicas desaparecieran.
La realidad ha resultado bastante menos romántica.
Hoy vemos una mano repetida cuarenta veces y seguimos sin ponernos de acuerdo. Observamos un fuera de juego trazado mediante líneas geométricas dignas de una tesis doctoral en ingeniería y aun así terminamos discutiendo en la cafetería, en redes sociales o en el grupo de WhatsApp que sobrevive desde la universidad.
Lo que inicialmente parecía un problema tecnológico ha terminado revelando algo mucho más interesante. El problema no siempre estaba en la imagen. A veces estaba en quien la miraba.
No eres tú, son tus sesgos (bueno, sí eres tú)
Los psicólogos tenemos cierta debilidad por poner nombres complejos a cosas relativamente sencillas. Una de ellas es el sesgo de confirmación, que consiste en buscar, interpretar y recordar la información de manera que refuerce aquello que ya pensamos previamente.
Traducido al lenguaje futbolístico, significa que si el penalti favorece a tu selección es probable que observes un contacto clarísimo, una agresión intolerable y una evidencia incuestionable. Si perjudica a tu equipo, el mismo contacto se transforma milagrosamente en un roce accidental, una interacción natural del juego o un ataque frontal al espíritu del deporte.
No es mala fe. Bueno, no siempre.
Es simplemente que nuestra mente tiene una extraordinaria capacidad para proteger sus creencias.
Y pocas creencias se defienden con más pasión que las futbolísticas. Y es que pocas cosas enganchan más al cerebro humano que la posibilidad de obtener una recompensa cuya aparición no puede predecirse con exactitud.
La insoportable necesidad de tener razón
Lo curioso del VAR es que nació para reducir la incertidumbre y ha terminado demostrando hasta qué punto nos cuesta convivir con ella.
Nos encanta pensar que existe una respuesta correcta para cada situación. Queremos saber si fue penalti o no lo fue, si estaba adelantado o habilitado, si el árbitro acertó o se equivocó. Nos incomodan los matices. Nos molestan las zonas grises. Nos producen cierta urticaria intelectual las respuestas del tipo “depende”.
Sin embargo, buena parte de la vida funciona precisamente así. Y, para desesperación de muchos aficionados, también algunas jugadas de fútbol.
Quizá por eso nos irrita tanto escuchar a un árbitro decir que una acción es interpretable. En el fondo no queremos interpretación. Queremos certeza.
Del Mundial a la vida cotidiana
Lo realmente interesante es que este fenómeno trasciende el fútbol. El VAR simplemente nos ofrece una versión especialmente visible de algo que hacemos constantemente.
Todos revisamos mentalmente conversaciones buscando demostrar que teníamos razón. Todos reinterpretamos acontecimientos para confirmar nuestras opiniones. Todos encontramos argumentos brillantes que, casualmente, suelen coincidir con nuestras posiciones iniciales.
Lo hacemos en política, en redes sociales, en el trabajo y, cómo no, en las comidas familiares donde un comentario aparentemente inocente puede generar más tensión que una semifinal mundialista. El fútbol no inventa estos mecanismos. Simplemente los hace visibles.
Conclusión
Después de todo, quizá el mayor descubrimiento del VAR no sea determinar si una mano estaba pegada al cuerpo o si una rodilla adelantada invalida una jugada de gol.
Tal vez su principal aportación haya sido demostrar que disponer de más información no siempre nos acerca al acuerdo.
- Porque podemos ver la misma imagen.
- Escuchar la misma explicación.
- Analizar los mismos datos.
- Y seguir pensando cosas completamente distintas.
Decía Voltaire que la duda es un estado incómodo, pero la certeza es un estado ridículo.
Y aunque sospecho que el filósofo francés no tenía en mente una semifinal del Mundial cuando escribió semejante frase, uno no puede evitar preguntarse qué habría pensado al contemplar a millones de personas discutiendo durante tres días sobre un fuera de juego decidido por el grosor de una línea azul.
Probablemente lo mismo que muchos árbitros al finalizar un partido importante: que el problema nunca fue la jugada. El problema éramos nosotros.








