Efecto Dunning-Kruger

Bien podríamos hablar del Síndrome del Cuñado en los tiempos que corren y es que el Efecto Dunning-Kruger tiene que ver con la ineptitud para reconocer la propia inhabilidad cognitiva o, tanto monta, monta tanto, la inhabilidad cognitiva para reconocer ser un inepto.

Conozcamos más de este curioso efecto que, como casi todo en esta vida, tiene su antagonista, el Síndrome del Impostor, que se refiere a aquellos que no se ven preparados para las tareas que desempeñan.

 

Introducción

Siempre he pensado que los psicólogos ponemos nombre a un sinfín de fenómenos y damos ese toque misterioso que, más allá de bromas, no deja de ser una forma de clasificar los comportamientos humanos detectando generalidades que se dan con mayor o menor frecuencia.

Así, estoy seguro que todos conocemos o “vivimos dentro” de alguien a quien consideramos un zoquete, mendrugo, zote, tarugo o, como diría una de mis abuelitas, un zopenco.

Utilizo estos términos porque, más allá de su significado (que es equivalente al de tonto), son utilizados generalmente para aludir a alguien que actúa como si fuera lo contrario.

Pues bien, refinemos nuestro vocabulario y dejemos a los ceporros para pensar que tienen un Síndrome de Dunning-Kruger.

 

¿Qué es el Síndrome de Dunning-Kruger?

El Síndrome de Dunning-Kruger fue descrito por los autores homónimos a su denominación y fue a partir de una investigación en el contexto de la Facultad de Psicología de la Universidad de Cornell.

Tras someter a una muestra de estudiantes a diferentes pruebas relacionadas con razonamiento lógico, gramática, conducción de vehículos, ajedrez u otros juegos  y sentido del humor; cuestionaron a los alumnos si estaban de acuerdo con sus calificaciones.

Aquellos que tenían “menos nivel” se quejaron más por su nota y, a la inversa, los de “más nivel” mostraron mayor nivel de acuerdo.

Esto sirvió de base a los autores para considerar que los incompetentes sobrestimaban sus capacidades, tendían a no reconocer la habilidad de los demás así como su insuficiencia pero, en todo caso, con el adecuado entrenamiento llegaban a reconocer la carencia de habilidad previa.

A ver, no hay que ser dramáticos, esto me huele al típico mecanismo de defensa, en el que el efecto en cuestión sería una forma de autoprotegerse.

Dice el refranero que la arrogancia es otro nombre para la ignorancia y bien podría ser aplicado a determinada gente que se cree superior y que en realidad obedece al perfil de una persona ignorante.

Si Sócrates decía el famoso solo sé que no sé nada, una persona que muestra el Síndrome de Dunning-Kruger dice Solo sé que sé de todo y además, más que tú, elevando su ignorancia al grado máximo del cuñadismo (no precisamente entendido como nepotismo hacia los cuñados).

Su antagonista

Frente al Síndrome de Dunning-Kruger, se sitúa el Síndrome del Impostor (descrito por Chance e Imes), circunstancia en la que la persona se devalúa a la hora de considerar su capacidad de desempeño en una tarea. En este caso, más que un complejo de inferioridad, lo que podría estar detrás en un afán inconmensurable de perfeccionismo.

 

Cómo tratar a una persona con Síndrome de Kruger

En el Síndrome de Dunning-Kruger hay posibilidades de cambio sujetas, eso sí, a que la persona aprenda a mirar a su alrededor de forma detallada y no dejarse llevar por la masa.

Vivimos en una sociedad en la que mostrar que tenemos una vida estupenda, que somos guays o que lo nuestro mola más, siendo estos determinantes de una competitividad insolente que arrasa con nuestra capacidad de mostrarnos como somos.

Aprender a escuchar, leer ampliando horizontes y mostrar humildad serán claves para salir de nuestra zona de confort y así, poder dar pasos, para ser más empáticos y ponernos en el lugar de los demás y no frente a ellos.

De otra forma, el mejor tratamiento es aceptar como somos y mostrarnos a los demás.

 

Conclusión

Quizá los afectados por el Síndrome de Dunning-Kruger consideran que a quien finge ser tonto, ni Dios lo quiere y, se equivocan, ya que al inteligente se le puede convencer, al tonto persuadir.

Una buena cura de humildad no vendría mal pero, sobre todo, una autoimagen realista y mayor empatía por parte de quienes lo padecen.

De esta forma, no se cumplirá la máxima napoleónica que decía el tonto tiene una gran ventaja sobre el hombre de espíritu: está siempre contento de sí mismo.

 

 

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