¿Qué puede llevar a dos personas a ponerse de acuerdo para acabar con la vida de una tercera? ¿Son los celos, el miedo al abandono o la necesidad de control suficientes para explicar un asesinato?.
El crimen de la Guardia Urbana de Barcelona nos permite adentrarnos en la personalidad de sus protagonistas, las dinámicas de las relaciones afectivas y los mecanismos psicológicos que pueden intervenir en una conducta homicida.
Un caso real que ha inspirado una exitosa serie de ficción y una película documental, pero que, más allá de su repercusión mediática, plantea una pregunta inquietante: ¿hasta qué punto conocemos verdaderamente a las personas con las que compartimos nuestra intimidad?
Introducción
Analizar un crimen real que ha inspirado una serie de televisión conlleva, inexorablemente, realizar spoilers a diestro y siniestro. Por tanto, quienes tengan pendiente disfrutar de El cuerpo en llamas, protagonizada por Úrsula Corberó y Quim Gutiérrez, quizá prefieran dejar esta lectura para otro momento. También podemos acercarnos al caso a través del documental Las cintas de Rosa Peral. Ambas producciones se estrenaron en Netflix en septiembre de 2023.
En mayo de 2017, el cuerpo de Pedro Rodríguez, agente de la Guardia Urbana de Barcelona, apareció calcinado en el interior de su vehículo. Su pareja, Rosa Peral y Albert López, también guardia urbano y antiguo amante de ella, terminarían siendo condenados a 25 y 20 años de prisión, respectivamente, por su asesinato.
Hasta aquí, los hechos. Pero qué lleva a dos personas a construir una alianza homicida? ¿Qué papel desempeñan la personalidad, los celos y la necesidad de control? Y, sobre todo, ¿qué nos dicen las evaluaciones psicológicas de sus protagonistas?
Una relación triangular y dos personalidades
Para qué engañarnos, los triángulos amorosos, las infidelidades y los celos no son precisamente una rareza. Sin embargo, la inmensa mayoría de las personas que atraviesan estas situaciones no cometen delitos violentos.
En el caso que nos ocupa, la justicia acreditó que Rosa y Albert habían trazado un plan común para acabar con la vida de Pedro y ocultar posteriormente el crimen.
Desde una perspectiva psicológica, resulta interesante distinguir la violencia reactiva, vinculada a una respuesta emocional intensa, de la violencia instrumental, utilizada como medio para alcanzar un objetivo. Ambas pueden coexistir, pero la planificación y las actuaciones posteriores al asesinato evidencian que no estamos hablando únicamente de una posible explosión emocional.
Las evaluaciones forenses también aportaron información relevante sobre la personalidad de los condenados.
En Rosa Peral, los peritos públicos describieron características compulsivas, una marcada necesidad de aprobación social y sensibilidad ante la vergüenza y la humillación. En Albert López identificaron rasgos narcisistas, histriónicos y compulsivos, además de una tendencia a minimizar sus dificultades y preservar una imagen favorable de sí mismo. No obstante, no encontraron trastornos mentales o de personalidad que comprometieran sus capacidades para comprender y dirigir sus actos.
Detengámonos un momento en estos aspectos.
La necesidad de aprobación, la preocupación por la imagen personal o la dificultad para tolerar el rechazo pueden influir en nuestras relaciones afectivas. Sin embargo, que una persona presente estas características no significa que vaya a desarrollar conductas violentas.
Tampoco podemos atribuirles un móvil homicida específico únicamente a partir de sus rasgos de personalidad.
¿Psicopatía o conducta psicopática?
Probablemente, más de un lector se estará preguntando si nos encontramos ante dos psicópatas.
La brutalidad del asesinato, su planificación y las actuaciones posteriores pueden llevarnos a utilizar esa etiqueta con cierta facilidad. Sin embargo, la psicopatía no puede diagnosticarse a partir de la gravedad de un delito, de una serie de televisión o de la aparente frialdad de una persona durante un juicio.
Su evaluación exige un análisis sistemático de diferentes dimensiones de la personalidad y de la conducta.
Por otro lado, el caso plantea una cuestión especialmente interesante: ¿cómo pueden dos personas construir una realidad compartida en la que la eliminación de un tercero llegue a considerarse una alternativa aceptable?
En determinadas relaciones, una persona puede reforzar las interpretaciones de la otra, minimizar sus dudas o contribuir a justificar sus decisiones. La responsabilidad puede experimentar una cierta dilución subjetiva cuando la conducta se comparte con alguien que la valida.
Sin embargo, no disponemos de elementos suficientes para reconstruir con precisión la dinámica psicológica que condujo al asesinato. La existencia de un plan común tampoco permite concluir que uno de los implicados fuera necesariamente el dominante y el otro un mero instrumento.
Concluyendo
El crimen de la Guardia Urbana nos recuerda que los celos, la infidelidad o el miedo al abandono no explican, por sí mismos, una conducta homicida.
Nos empeñamos en buscar explicaciones extraordinarias para comportamientos extraordinariamente graves. Necesitamos encontrar una psicopatía, un trastorno mental o una personalidad profundamente perturbada que nos permita comprender cómo alguien puede cometer un asesinato.
Sin embargo, la existencia de una conducta homicida no implica necesariamente la presencia de una enfermedad mental.
La psicología forense no pretende justificar el delito mediante un diagnóstico, sino comprender el funcionamiento psicológico de quienes lo cometen, sus capacidades y las circunstancias que rodean sus actuaciones.
Y, por cierto, no olvidemos a Pedro Rodríguez. El protagonismo mediático de los condenados y las producciones audiovisuales que han recreado el caso pueden terminar desplazando a un segundo plano a quien perdió la vida.
Quizá la pregunta no sea únicamente qué lleva a una persona a matar, sino qué procesos psicológicos le permiten llegar a considerar aceptable acabar con la vida de otra.








