Antidisturbios

De cuando en cuando, aparecen productos audiovisuales que impactan y generan una amalgama de intensas emociones que atrapan al espectador hasta llegar al final de la historia en que te sumergen.

Este es el caso de la serie Antidisturbios, basada en un grupo de personas que nos muestran quien puede estar detrás de esos cascos y uniformes y, sobre todo, los vericuetos de un sistema en el que estos agentes son, simplemente, la punta de lanza de oscuros intereses.

Un país retratado

Vaya por delante que hay una mínima pretensión de hacer cualquier tipo de spoiler, si bien es netamente imposible que no se escape alguna información que, en todo caso y tirando de una excelsa pulcritud, será meramente retórica.

Antidisturbios nos sumerge en una metonimia tautológica como la de que en España hay corrupción. Ante esta evidencia, tirando de un argumento sencillo, podría parecer válida la sinécdoque de la goma -por la porra de los agentes- impartiendo justicia.

Pero nada más lejos de la realidad, ya que los personajes protagonistas son instrumentalizados por el sistema y, muchas veces, esclavos de sus propias pulsiones.

Profundizando en estas ideas, Antidisturbios describe a unos agentes policiales que son una suerte de fuerza neguentrópica que actúa como sostén de un corrompido sistema estratificado en su nivel de putrefacción así como en la obtención de los beneficios materiales que cubren las ansias de riqueza y poder de personajes nebulosos del alto estamento ejecutivo y legislativo quienes, a modo de titiriteros, rediseñan ideologías, anulan la democracia o fabrican decisiones para perpetuar sus estatus sociales y repartiendo migajas a los -por ellos considerados chusma-, garantes del equilibrio estatal.

 Unos personajes desmembrados

Osorio, López, Revilla, Úbeda, Parra y Urquijo son los títulos de los capítulos y los nombres, mejor dicho apellidos, de algunos de los personajes principales de la serie, si bien no todos son de los seis antidisturbios, como no todos ellos interpretan personajes con niveles parejos de carga psicológica.

El grupo de antidisturbios Puma 93 tiene diversos integrantes con sus problemáticas vitales, que van desde una espalda machacada, depresión, violencia de género (como perpetrador) y consumo de estupefacientes, narcisismo, problemas de control de impulsos…

Huelga decir que en todas partes cuecen habas y en esta ficción se concentran en un mismo puchero, digo furgón.

Quizá la serie rehúye de las leyes básicas del arte de la guerra y, por tanto, no se nos muestra como la habilidad no reside en ganar batallas, sino en no necesitarlas.

Por el contrario, los agentes impresionan de ser una carga explosiva que estallará, a modo de la inestable nitroglicerina, ante cualquier estímulo que les pueda alterar. Ingrato trabajo y pobre visión de aquellos que se queden solo con la violencia que terminan ejerciendo y, por supuesto, viviendo.

La serie logra que conectemos con los antidisturbios y que, en ocasiones, con ese exquisito rodaje de cámara en mano, sintamos que estamos participando de las situaciones que les toca vivir.

Los fotogramas de la serie son una explosión de pulsiones incontenibles en las que incluso aparecen ejemplos de una vindicativa y sórdida necesidad de aplicar el Código Hammurabi.

Sirva de ejemplo cuando se resarce al damnificado en una agresión por parte de una turba futbolera mediante un metafórico facsímil de, ambos ensangrentados, casco policial por bufanda de aficionado.

Una agente implacable

Mención especial merece Urquijo que, tirando de la retórica anunciada, supone en sí misma un categórico silogismo inductivo al comenzar, en su niñez, oponiéndose a su núcleo familiar ante lo que considera una injusticia y mostrar, en su etapa adulta, esa perseverancia al no ceder ante diferentes personajes como un comisario corrupto con un renombramiento de marcha choricera (nunca mejor dicho), pero que nos evoca a una persona de nuestra actualidad.

Esa perseverancia se ve acompañada de otras aptitudes y actitudes como la inteligencia, sagacidad, perspicacia, terquedad y ambición que, de forma aparente, se oponen al grupo de los seis agentes antidisturbios varones que, en ningún caso, merecen ser retratados como los simples protagonistas de una coral de mamporros repartidos a diestro y siniestro.

Tanta profundidad psicológica en los personajes quedaría desmerecida sin un final inquietante y, para qué engañarnos, anacrónico, al trasladarnos a un presente pandémico que ha encubierto lo que intuimos van a vivir los personajes que, por otro lado, no hacen sino abundar en la ignominia cívica de una amplia mayoría que sortea el día a día y cree en un estado que se muestra contestatario frente a cualquier atisbo de rebelión ante el orden establecido.

 

 

 

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