Siempre he querido pensar que los malos momentos preceden a épocas de aprendizaje y que las personas aprendemos de los errores, convirtiendo las dificultades en oportunidades para crecer. Sin embargo, en muchas ocasiones la realidad me abofetea y pese a que los comportamientos solidarios aparecen, también comprobamos la cara más amarga del incivismo e irresponsabilidad social, hasta que llegan los límites externos.

Desde la aparición del Coronavirus en nuestro país se han ido sucediendo acontecimientos que retratan muchas de las peores actitudes humanas. Todo comenzó en la lejana China, para irse extendiendo a los países aledaños y acabar llegando al, también, lejano Oriente; sorprender a los italianos (claro, esos que no son como nosotros ni tienen el mismo sistema sanitario) y empezar a asomar en nuestro país por las lejanas Islas Canarias para aparecer en la península y extenderse a toda la geografía aunque con especial incidencia en la Comunidad de Madrid. Tanta ironía con lo de la lejanía es evidente que alude a muchas irresponsabilidades poco congruentes con una realidad que inicialmente minimizamos y actualmente dimensionamos como se merece por no haber hecho los deberes previamente.

Lo cierto es que con el crecimiento exponencial de los casos que ha habido esta semana y que, por analogía con otras pandemias, habrá en próximas fechas; hemos llegado a una situación de alarma. Previa a la misma ya asistimos a los primeros actos de incivismo y es que, encontrar los supermercados con ausencia de papel higiénico, lejía, arrasar con las conservas y carnes se convirtió en un ejercicio obsceno de individualismo e irresponsabilidad social. Peor aún el estar leyendo y escuchando continuamente noticias y recomendaciones para que, cuando llegaron las temperaturas veraniegas acudir masivamente a las terrazas o pasear por los parques niños sin colegio con sus abuelos cuidadores, desoyendo la indicación de la alta transmisión del virus por parte de los primeros y la elevada vulnerabilidad de los segundos ante la infección,  en un claro acto de irresponsabilidad e imprudencia.

Una sociedad inteligente es aquella en la que prevalecen los comportamientos solidarios, respetuosos con los demás y el entorno, generando comportamientos educados y prevaleciendo la cortesía. En definitiva, hablamos de una sociedad en la que impera el civismo, algo tan denostado estos días en todos los niveles de nuestra estructura social, desde nuestros gobernantes a nosotros mismos. Al final, toca que nos limiten desde fuera ya que seguimos actuando de forma egoísta. Frente a una buena autorregulación que nos hiciera pensar que si compramos masivamente corremos el riesgo de provocar desabastecimiento de productos e imposibilitar el equilibrio en el acceso a productos básicos; que nuestros mayores han de ser cuidados y protegidos devolviendo todo lo que han hecho por nosotros; que los hospitales y personal sanitario en un sistema público son un valor a cuidar y no saturar por nimiedades; que estar en casa es sano y disfrutar de la compañía de los seres queridos o compartir tiempo con ellos es algo maravilloso… Queda estar controlados, tener que cerrar locales, paralizar nuestro día a día y garantizar el abastecimiento.

Aprendamos de los errores para no volver a cometerlos y tengamos la certeza de que este virus, que afecta gravemente a aproximadamente uno de cada seis que lo contraen, frente los millones de casos de gripe grave que se producen cada año en el mundo o los miles de niños que mueren  de hambre al día. Decía Sófocles, para quien tiene miedo todo son ruidos y creo que nuestra sociedad no escucho un sonido que ahora es atronador. Aprendamos de los errores.