ASUNTA
ASUNTA-PSICOLOGIA FORENSE

El reciente estreno en una plataforma televisiva de la mini serie sobre Asunta ha traído a la actualidad un no tan antiguo caso relevante desde el punto de vista de la psicología forense.

Adentrémonos en los determinantes de un crimen que conmocionó a nuestro país y del que aún siguen quedando claroscuros.

De qué hablamos

21 de septiembre de 2013. Dos padres de una niña adoptada y de por aquel entonces 12 años de edad, denuncian su desaparición.

La niña era de origen chino, dato no baladí a tenor de algunos hechos que se comentarán posteriormente.

No pasó demasiado tiempo desde la denuncia hasta el hallazgo del cadáver de la pequeña Asunta en una pista forestal cercana a la vivienda de la madre.

A partir de ahí, un procedimiento judicial con una condena final de 18 años de cárcel para cada uno de los “progenitores”.

Sin embargo, y aunque nadie puso en duda la culpabilidad de los mismos, nunca ha quedado claro el verdadero (si es que hay algo claro y meridiano) móvil de lo sucedido.

Hablemos de ellos

Rosario Porto y Alfonso Basterra son los padres de Asunta. En el “haber criminológico” de ambos, cabe reseñar la capacidad para no atacar y/o contrariar al otro al principio de las diligencias judiciales.

Entrando en aspectos relacionados con la psicología forense, cabe reseñar que Rosario Porto, según un informe del Instituto de Medicina Legal de Galicia, presentaba rasgos de personalidad de tipo obsesivo-compulsivo, manifestando sintomatología depresiva en el momento de la evaluación (cuando era juzgada).

Añadía la evaluación, la presencia de síntomas aislados de depresión y/o la aparición de reacciones depresivas puntuales en el pasado, pero que, en ningún caso, justificarían y/o avalarían, ser la base y/o causa del crimen perpetrado.

A los ojos de quienes trabajamos en el ámbito forense, no sería un perfil diferentes a otros muchos que, no tienen ninguna relación con conductas homicidas. Por cierto, ella era abogada e hija de un “acaudalado” matrimonio.

En cuanto a Alfonso, se trataba de un periodista a quien, quienes le rodeaban, definían como conversador y tranquilo, así como muy apegado a su hija.

En instancias judiciales se le definió como maquiavélico. Su negativa a la realización de pruebas periciales limitó las conclusiones acerca de su personalidad, si bien quienes le entrevistaron hablaban de un hombre controlador, sosegado y sereno. Para la posteridad ha quedado la hipótesis de ser la mente pensante en el crimen de Asunta.

Por añadidura, no menos relevante, el contenido del ordenador y del teléfono móvil del padre, que revelaba la aparición de fotos de la niña con un corsé y unas medias en una actitud impropia para haber sido él quien tomaba las fotos.

Incluso se llegó a encontrar ADN del padre en las bragas de su hija, amén de la evidencia de ser alguien que sedaba a su hija cuando estaba con él.

De Alfonso quedó constatada su inercia a consumir material pornográfico vinculado a mujeres asiáticas que no mostraban una clara edad adulta.

Hablemos de ella

Asunta, de nombre original Fang Yong, originaria de la ciudad china de Yongzhou (Hunan), fue adoptada con apenas un año de edad.

De la muerte de la pequeña, lo más claro que quedó, fue que había sido drogada con lorazepam y asfixiada por sus padres en una casa de verano de la familia.

En la convivencia con sus padres, Asunta destacó por ser una niña inteligente con altas capacidades e inclusos habilidades para el piano, el ballet y la pintura. Además, era una niña alegre y cariñosa.

Entre sus  familiares más cercanos, siempre llamó la atención la especial relación con su abuelo materno Francisco, al que estaba muy unida. La muerte de éste y, posteriormente, la de su abuela, junto con el divorcio de sus padres; en un breve lapso temporal, marcaron a la pequeña.

Hablemos de qué pudo pasar

Ha habido multitud de hipótesis. Desde el campo forense, la que se barajó con más fuerza es la de Asunta como una especie de impedimento para el progreso de la relación de dos padres que tuvieron múltiples problemas de pareja en el contexto de una infidelidad acreditada de Rosario y descubierta por Alfonso. Pero, qué pensar de la evidencia de envenenamientos y/o intoxicaciones provocadas por la madre a la menor y, aún más, de las generadas por el padre.

En un caso, parece que la propia vivencia de sintomatología depresiva genera una deriva de trastorno facticio por poderes en el contexto de una personalidad rígida, obsesiva o anancástica, que se siente juzgada por todo lo que le rodea.

En este sentido, parece interesante reseñar el “aparente” intento previo de asesinato de Asunta que señaló la madre y que nunca pudo ser demostrado por un supuesto hombre de negro (Síndrome de Münchausen ven a mí, que diría aquel; quizá, quien sabe, me crea mis propias mentiras en una suerte de seudología fantástica).

En el otro, cuya implicación en los envenenamientos también parece acreditada, planea la sombra de un posible trastorno parafílico de tipo pedófilo orientado hacia mujeres/niñas orientales.

No sabemos qué pasó realmente, al final todo son conjeturas; si bien sí parece obvio que hubiese habido situaciones de abuso sexual por parte del padre, incluso que la madre hubiera podido ejercer violencia vicaria hacia el padre con los envenenamientos, o que ambos hubiesen proyectado las frustraciones de su relación y/o el rechazo hacia el otro contra la niña.

La realidad es que ambos fueron conocedores y participaron en la desgracia de su hija. La madre, tras diversos intentos suicidas, logró ahorcarse. Del padre no se espera tal extremo.

Cierto es que la personalidad obsesiva de la madre, con sentimientos de culpa, orienta hacia su fatal desenlace; mientras que la del padre, con la frialdad afectiva que ha evidenciado propia de una estructura psicopática de la personalidad, implica aguantar carros y carretas, autoconvenciéndose de su inocencia.

Así, él padre ha evitado, en primera instancia, salir de prisión pese a poder reclamarlo; aunque cuando ha querido, le ha sido denegado dada su negativa a arrepentirse.

Reflexiones

Para reflexionar, la frase de Séneca, una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo.

Lo fácil es aplicarla a Rosario pero, por esa ley, no olvidemos la ausencia de culpa en la psicopatía plausible del padre y, es que no hay nada como soltar la culpa para sanar.

 

 

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