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LIMITAME. Trastorno límite de la personalidad

Trastorno límite de la personalidad

El trastorno límite de la personalidad es una de las temáticas más relevantes vinculadas a la salud mental en la época actual.

Conozcamos más acerca de esta afección y qué implica para quienes padecen el trastorno

Introducción

Patrón persistente de inestabilidad e hipersensibilidad en las relaciones interpersonales, inestabilidad en la imagen personal, fluctuaciones extremas del estado de ánimo e impulsividad… y una amalgama de características o rasgos de la personalidad de estas características.

Puedo pensar en un sinfín de casos y/o, desgraciadamente, en uno solo; ya que lo nuclear del trastorno límite de la personalidad se repite en el conjunto de personas afectadas por esta alteración caracterial.

Alrededor del 75% de las personas afectadas son mujeres, si bien esto varía según regiones, siendo en países como Estados Unidos la proporción equivalente entre ambos sexos.

Aún más reseñable es la presencia comórbida de otras alteraciones como depresión, trastornos de ansiedad, estrés postraumático y, sobre todo, alteraciones relacionadas con el consumo de sustancias psicoactivas y los trastornos de la conducta alimentaria y de la ingesta de alimentos.

Experiencias

Al pensar en ejemplos de trastorno límite de la personalidad, es inevitable tirar de la propia experiencia clínica.

Recuerdo cuando, en los inicios de la clínica con trastorno mental grave de tipo límite, un paciente cuestionaba la idoneidad de tener su moto aparcada en la puerta del interior de un edificio dentro de un recinto hospitalario.

Más allá de disquisiciones relativas al parking en según qué lugares, lo curioso era como para el paciente esto era un motivo de “vida o muerte” y, más aún, como al comprender lo inadecuado de la situación, montó en cólera, golpeó una puerta y la mesa del que suscribe.  Solo llamar la atención y afear su conducta motivó que pasara del enfado extremo a un llanto desconsolado y de “insultarme” a “adularme”, a saber, de la ira a la tristeza. El DSM lo llama idealización vs. devaluación.

Como este ejemplo, otros tantos otros. Pensad en quien banaliza situaciones que, para otras personas, serían vitales. “Pensé que me moría”,  “deseo que mis padres desaparezcan”, “a mí como si os morís todos”… Hablar de la muerte puede ser un territorio prohibido para muchos/as, pero no para quienes comprometen su día a día en base a estímulos que, desde el procesamiento emocional que presentan estas personas, se magnifican e intensifican de tal forma que son inadmisibles y desencadenan conductas extremas.

De ahí el criterio de conductas suicidas y parasuicidas, amén de las autolesiones.

Qué decir, si tiramos de criterios diagnósticos de los cambios de autoimagen. Múltiples son los ejemplos que viene a la cabeza desde la experiencia. “No crees que eso lo haces por llamar la atención…” (en términos de pregunta), “por qué adoptas esa imagen cuando se espera otra…” y, algunas situaciones análogas más, nos orientan hacia la fragilidad de la percepción de uno/a mismo/a que presentan estas personas.

Mentalización

Tirando de psicoterapias, señala la terapia de nombre homónimo al titular de este párrafo, que los modos prementalizadores aluden a un funcionamiento psíquico infantil que es ineficaz en la adultez.

Desde esta perspectiva, una personalidad límite se caracterizaría por este tipo de pensamiento, apareciendo la llamada equivalencia psíquica, en la que viven los pensamientos como la verdadera realidad (“si no me vienen a visitar es que no me quieren”); el modo simulado, hablándose de la realidad sin sentirla (“mi vida ha sido terrible”, expresando un llanto forzado ante algo que realmente sí sería terrible, pero que es contado de forma banal); modo teleológico, que implica la necesidad de que todo tenga una presencia física (“si no vienen a verme mis padres, ya no tengo esperanzas”) o; el modo reflexivo, no prementalizador y en el que se puede reconocer que los pensamientos y sentimientos son posiciones frente a la realidad.

En todo caso, cabe reseñar que el abordaje del trastorno límite de la personalidad es complejo, pero que la detección e intervención precoz son fundamentales.

Quizá, coger una premisa tan simple como clara, establecida por Marsha Linehan (creadora de la terapia dialéctica conductual), sea un buen punto de partida.  Así, la recomendación idónea para esta afección sería construir una vida que valga la pena vivir.

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